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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 315

Beatriz soltó una risa, llena de ironía.

—¿Cómo era ese dicho? No hay enemigos para siempre, solo intereses que nunca se acaban.

Orlando, ay, Orlando.

Eso de jugar a dos bandos, veo que ya lo tienes dominado.

—¿Y tu tío ya sabe que me estás diciendo todo esto? ¿O quieres que yo misma se lo cuente?

Apenas terminó de hablar, la expresión de Orlando cambió por completo. Beatriz siguió hablando, sin darle tregua:

—Con una vez que caí en las trampas de la familia Zamudio me basta. Orlando, espero que siempre tengas el mismo valor que mostraste hace tres años.

—¡Beatriz! —Orlando intentó seguirla apresurado.

Pero una mano grande se interpuso y lo detuvo. Liam, tan imponente como una montaña, se plantó justo enfrente.

Con un acento norteño, lanzó una maldición:

—¿Qué, viejo? ¿No te da pena andar persiguiendo a una muchacha? Qué descaro el tuyo.

—¡Liam! —Orlando prácticamente rugió, rechinando los dientes. Por dentro, su deseo era claro: ojalá Liam desapareciera de su vida.

Pero Liam no se detuvo y le contestó:

—¿Y para qué me llamas, eh? ¿O es que andas buscando a tu papá?

...

Beatriz apenas subió al carro, dejó escapar un suspiro cansado.

Dirigió la mirada hacia Liam:

—¿Cómo está Isabel en la cárcel?

Liam encendió el carro y respondió sin dejar de sonreír:

—Está bien, todo bajo control. Yo me encargué de hacer algunos arreglos especiales. A fin de cuentas, todos quieren ganarse un dinerito extra, ¿no? Orlando está tan ocupado con sus propios problemas que ni tiempo tiene de preocuparse por ella.

—Aunque parezca que no pasa nada, allá adentro sí que la están haciendo sufrir.

La verdad es que la vida de Isabel en la cárcel no era nada fácil.

Varias de las internas la traían entre ceja y ceja.

Le mojaban la cama, le armaban líos para que la castigaran, le tiraban la comida, y eso solo era el principio.

Para una mujer acostumbrada a la vida de lujos, ese infierno era una tortura diaria.

Desde el día que Isabel llegó ahí, fue perdiendo poco a poco la cordura.

Así pasaron los días, hasta que una noche, mientras todas veían las noticias, surgió un reportaje sobre la Universidad de Solsepia.

Beatriz, nerviosa, lo tomó del brazo y trató de llevarlo de vuelta al elevador:

—Vete, por favor, tienes que irte ya.

El señor Tamez, empujado hacia el elevador, mostró un gesto molesto:

—¿Y qué, señora Tamez? ¿Es que soy un criminal o qué?

Beatriz ignoró el tono sarcástico de Rubén:

—Bien sabes que no es eso lo que quiero decir.

Luciana, que observaba todo desde un costado, tosió un par de veces para llamar la atención:

—Solo aviso: mis papás ya entraron al elevador.

Como solo había un departamento por piso, Rubén no podía bajar hasta que el elevador regresara.

Beatriz, desesperada, lo empujó hacia la escalera del servicio.

La puerta del pasillo de emergencias se cerró de golpe justo cuando el elevador se abrió suavemente.

Edgar, tomado de la mano de Berta, salió del elevador y se percató de que la puerta de emergencia no había cerrado del todo.

—¿Quién anda ahí? —preguntó, mirando hacia el pasillo oscuro.

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