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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 324

—Parece que es su asistente personal. Cuando seguimos a Beatriz, la hemos visto varias veces cerca de ella —comentó alguien en voz baja.

La abuela, siempre cautelosa, preguntó de nuevo:

—¿Solo es su asistente personal?

—Eso creo, ¿no?

—No se ha descubierto que tenga algún trasfondo especial —agregó otra voz.

—¿Cómo se llama? —preguntó la abuela.

Casi siempre, si alguien importante de Solsepia decía su apellido, la abuela podía hacerse una idea bastante precisa de quién era. Pero, claramente, aún no tenían esa información.

Las personas a su lado negaron con la cabeza, resignadas ante la incertidumbre.

La abuela cerró los ojos unos segundos, le devolvió la tableta a su asistente y ordenó:

—No le quites la vista de encima.

...

Salón de eventos, segundo piso.

Las puertas automáticas mantenían a raya la corriente de aire fresco que subía desde el primer piso.

En un rincón, varias personas conversaban animadamente:

—Dicen que este evento lo organizó la familia Zamudio de principio a fin.

—¡La familia Zamudio sí que tiene agallas! Isabel ya está en la cárcel y aun así se ocupan de esto.

—Pues ni modo, ¿qué más van a hacer? Los que estamos afuera tenemos que seguir con la vida.

—Créeme, en unos días Orlando ya va a tener a otra a su lado.

—¡Te lo juro! Llevo semanas viendo todo el chisme, y esta Beatriz es de otro nivel. Nada más piensa: sigue siendo de la familia Zamudio, y aunque Orlando todavía está ahí, ella logró arrinconarlo hasta este punto. ¿No es para aplaudirle?

—¿Y cómo crees que se siente Isabel ahora? Antes, no paraba de hablar mal de Beatriz, la llamaba coja y quién sabe cuántas cosas más... Ahora, Beatriz anda tan campante como siempre, y hasta parece que está pisoteando la dignidad de Isabel.

Entre el grupo, alguien soltó una carcajada y remató:

—Por eso mismo, hay que ser discretos y no ir por la vida creyéndose invencible.

—Después de lo de Isabel, ya entendí lo que significa que al caído todos le dan patadas.

—Al final, ¿quién puede ser completamente bueno?

Para ellos, los chicos que Isabel trataba mal no eran más que gente común y corriente, de esos que van y vienen.

—Dios mío, qué mujer —susurró alguien.

—Esa figura, esa presencia... ¿no es la exesposa de Ismael?

—Exacto. ¿Te das cuenta? Ismael no supo valorar lo que tenía.

Unos jóvenes cuchicheaban en voz baja, sin perder detalle.

Vanesa paseó su mirada por los presentes, sin emoción aparente.

Con una leve inclinación, le susurró al oído a Beatriz:

—Dime, ¿si mi tío estuviera aquí y viera cómo te desnudan con la mirada todos estos tipos, no crees que le daría un ataque?

Beatriz le lanzó una mirada ligera, como si no le diera importancia:

—No digas tonterías.

—¿Tonterías? Lo que digo es cierto. Mira cómo te ven esos hombres, da hasta asco.

Beatriz esbozó una sonrisa apenas perceptible.

Tomó una copa del vino del bandeja de uno de los meseros, y al girar la vista, se topó a lo lejos con la mirada de Ismael, que la observaba fijamente.

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