El conductor pisó el freno y detuvo el carro con precisión.
Se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y bajó. Sin perder tiempo, abrió la puerta trasera y sacó a Ismael a rastras, arrojándolo sin miramientos en un rincón solitario.
Una lluvia de patadas cayó sobre él.
Cada movimiento encadenado, rápido y certero.
Ni una sola palabra de más durante todo el proceso.
Como si su lema fuera: actuar primero y hablar después, dejó claro que no estaba para bromas y le propinó una golpiza brutal.
No muy lejos, dentro de un Bentley negro, Ireneo observaba la escena desde el asiento del copiloto, apoyando la cara en la mano. Negó con la cabeza y soltó:
—Ese señor Tamez sí que no se anda con rodeos.
—Todos los que él ha entrenado son igual de duros— añadió, casi con admiración.
Pobre Ismael, lo suyo había sido mala suerte.
Justo le dio por meterse en el camino de esas fieras.
Y para colmo, el tipo al que había fastidiado venía de pelearse con su esposa.
Pensándolo bien, Ireneo tenía parte de culpa en esa discusión.
No era de extrañar que Rubén estuviera tan ensañado.
Los gritos desgarradores de Ismael resonaban por el callejón, pero nadie se atrevía a acercarse.
Cuando el guardaespaldas terminó, Ismael quedó tirado en el suelo, hecho un guiñapo. El tipo se sacudió las manos y salió, dirigiéndose a la gente que miraba de lejos:
—Perdón por el espectáculo, este tipo le fue infiel a mi hermana.
—Ah, bueno, entonces se lo ganó— reviró una señora.
Otra mujer sujetó a su marido para que no llamara a la policía:
—Déjalo así, no vale la pena meterse. Ese tipo no merece ni una denuncia.
El guardaespaldas asintió con gratitud:
—Tiene razón, señora, no merece nada.
Cuando el show estuvo por terminar, Ireneo subió la ventanilla y dijo:
—Vámonos, ya estuvo...
...
Montaña Esmeralda.
Beatriz estaba en la sala, suspirando con resignación.
Se revolvió el cabello, sin poder evitarlo.
Rubén era un buen tipo.
Eso ella siempre lo había sabido.
Pero no podía negar que cargaba con sus propios dilemas.
Mientras seguía dándole vueltas en la cabeza, recibió una llamada de Luciana Barrales.
La voz de Luciana sonaba desbordante de alegría:
—¡Ya salí de vacaciones! ¿Cuándo vamos a casa de la abuela?
—Todavía tengo algunos pendientes. Mañana tengo que ir a Luminosa.
—¡Te acompaño! De todos modos no tengo nada que hacer. ¿A qué vas a Luminosa?
Beatriz contestó:
—La viejita está allá.
Del otro lado se escuchó el sonido de una cerradura electrónica. Al oír la respuesta, Luciana se detuvo y preguntó, dudosa:
—¿Te refieres a tu abuela la brava?
—Sí.
—Voy contigo, tengo ganas de verla.
Beatriz apenas y contestó, sin mucho ánimo de platicar.
Luciana notó el bajón en su tono:
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Salgo de vacaciones y ya te puse triste?
—Nada de eso… Oye, ¿tú crees que si tu papá se entera de que me casé con Rubén se va a enojar?
—A ti no te va a pasar nada, pero seguro que Rubén se lleva una buena tunda.
Bromeaba.
—Eso de cuidar a alguien hasta meterle tu nombre al acta de nacimiento, da para novela de ocho millones de palabras.
—Con el genio que tiene mi papá, seguro deja a Rubén para el arrastre.
—La familia de Rubén también tiene lo suyo— murmuró Beatriz, sin muchas ganas de entrar en detalles.
Pero Luciana ni se inmutó:
Beatriz se giró un poco, rodeó su cintura con los brazos y hundió la cara en su pecho.
Al percibir el leve aroma a cigarro y licor, levantó la mirada, intrigada:
—¿Dónde estabas?
—Ireneo me llamó, fui a verlo.
—¿Y tomaste?
—Sí— respondió Rubén, sin darle muchas vueltas—. Además, me topé con Ismael.
Mientras hablaba, no apartaba la mirada de Beatriz, como si quisiera descifrar cada gesto suyo.
Pero a Beatriz nunca le había importado Ismael.
—¿Y qué? Te lo topaste, ya ni modo.
—¿No quieres saber qué pasó entre nosotros?
—Si regresaste entero, eso quiere decir que, fuera lo que fuera, tú no saliste perdiendo.
Beatriz nunca entendió por qué Rubén se preocupaba tanto por Ismael. Lo miró seria, y le dijo, palabra por palabra:
—Eso ya es pasado. Nunca lo amé, me casé con él solo para molestar a Carlota Mariscal. No hay ni cariño, ni historia, ni nada. Ismael jamás va a ser tu rival, no tienes por qué preocuparte.
—¿Está bien?
Beatriz lo decía desde el fondo del corazón.
Al mirarla, Rubén sintió que la claridad de sus ojos podía arrasar con cualquier tormenta y salvarlo de sí mismo.
—Bea, bésame— le pidió, con urgencia.
Beatriz lo notó.
Se puso de puntitas, lo abrazó del cuello y le ofreció los labios. Rubén no dudó, la alzó y la sentó en el lavabo, dejando caer la pijama al suelo...
Afuera, la nieve seguía cayendo, dispersa.
Bailando, cayendo...
Rubén la abrazó y susurró:
—Bea, dime que me amas.
Beatriz, siguiendo el juego, con la voz ronca, le respondió:
—Te amo, te amo, ya no puedo más...

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina