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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 379

La noche del festival de los faroles, Solsepia rebosaba de alegría por todos lados.

En las pantallas gigantes del centro comercial transmitían la gala del festival, la música y las luces envolvían el ambiente con un aire festivo.

El carro avanzaba por la avenida principal, donde la multitud y los colores hacían que la ciudad palpitara con vida.

—Esta Solsepia sí que ha cambiado, cada vez está mejor —comentó Fausto, con la voz cargada de nostalgia.

—Tío, usted tenía años sin regresar —respondió Ismael, sentado al otro lado de la camioneta, mientras señalaba por la ventana una construcción—. Mi abuela siempre me cuenta que de niño se perdió aquí con usted.

—¿Ese es el viejo campanario?

—Sí, casi todo lo que había a su alrededor ya lo derribaron, solo dejaron la torre principal.

—Qué recuerdos, caray —soltó Fausto, suspirando.

La plática entre los dos fluyó hasta que llegaron a casa.

En este viaje también venía el secretario de Fausto. Todos se acomodaron en la casa de la familia Zamudio. En la sala, por la noche, Fausto lanzó una mirada hacia Orlando.

—Lo de tu esposa debiste haberlo contado antes. Si lo hubieras dicho a tiempo, nada habría llegado tan lejos.

—Vine para ver si todavía hay forma de arreglar las cosas. Si no se puede todo, al menos quiero traerte de regreso a la persona que te importa.

—Por adelantado te agradezco, tío, en nombre de Isabel.

Fausto quiso agregar algo, pero se contuvo y solo murmuró:

—Ya, no te estreses. Al final, seguimos siendo familia.

Las cosas del pasado ya eran solo eso: cosas pasadas.

...

Esa noche, los tres pequeños regresaron a Maristela.

Rubén también pensaba volver, pero al recordar que Beatriz se quedaría sola en casa, no pudo resistirse y buscó cualquier pretexto para quedarse en Solsepia.

Después de cenar, les dio el resto de la noche libre a Valeria y Mario, invitándolos a disfrutar la ciudad a su aire.

Así, el enorme edificio principal quedó solamente para Rubén y Beatriz.

En la sala, Beatriz estaba sentada en el sofá, abrazando un cojín y con las piernas cruzadas, atenta a la transmisión de la gala del festival en la televisión.

Rubén salió del comedor con una charola de cerezas en la mano.

—Valeria dijo que hay que comerlas mientras están frescas.

Mientras pensaba en eso, Beatriz se llevó otra cereza a la boca. Justo entonces, el celular de Rubén vibró.

Él atendió la llamada, escuchó en silencio y, tras un breve intercambio, solo dijo que siguieran atentos antes de colgar.

—¿Qué pasó? —preguntó Beatriz.

—Fausto llegó a Solsepia. Ismael acaba de recogerlo.

En ese instante, la expresión relajada de Beatriz desapareció. Dejó la charola de frutas a un lado y se puso de rodillas en el sofá, mirando fijamente a Rubén.

Rubén, al ver lo seria que se puso, no pudo evitar reírse.

—¿Te pusiste nerviosa?

—No es eso… —Beatriz vaciló—. La vez pasada dijiste que la familia Zúñiga tenía intereses opuestos a los de ustedes, y ahora mencionaste que andas haciendo movimientos… ¿todo esto tiene que ver con Fausto?

Rubén le revolvió el cabello, sonriendo.

—Qué lista eres.

—¿Puedo saber qué pasa?

—Claro, si quieres enterarte —Rubén se acomodó y le dio una palmada en el lado libre del sofá, invitándola a acercarse.

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