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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 383

Al día siguiente...

Cuando Beatriz despertó, Rubén ya no estaba a su lado.

Las sábanas y fundas habían sido cambiadas por otras nuevas, de un gris limpio y fresco.

Ella llevaba puesta una pijama de algodón cómoda, suave al tacto.

Beatriz se revolcó un poco en la cama, preguntándose a qué hora se habría acostado anoche el incansable señor Tamez.

Al cambiarse y bajar las escaleras, tampoco encontró rastro de Rubén en la planta baja.

Valeria la recibió con una sonrisa ligera en el rostro.

—¿Ya despertaste? El señor Tamez salió temprano y nos pidió que no te llamáramos.

—Anda, ven a desayunar.

Beatriz dejó el celular sobre la mesa mientras se sentaba.

Apenas levantó el tazón para tomar un poco de su desayuno, el celular vibró con una llamada.

Sonia fue directo al grano:

—La abuela tuvo un infarto cerebral.

—¿Ah, sí? —preguntó Beatriz con total desinterés.

Sonia, recostada en su cama, se sorprendió ante la reacción de Beatriz.

—¿No lo sabías?

—No.

—Beatriz, no te creo.

—Me creas o no, eso no cambia que no lo sabía.

El tono de Sonia se volvió apurado:

—Si de verdad no sabías nada, ¿entonces qué medicina me pediste que le diera a la abuela?

Sonia no podía creer que Beatriz no estuviera detrás de todo eso.

Con lo calculadora que era, ¿cómo iba a dejar escapar tan fácil a la abuela?

—¿Qué medicina? —la voz de Beatriz no dejaba un solo cabo suelto.

No caía en el juego de Sonia, ni un poco.

Ya había conseguido lo que quería y no iba a dejar ninguna prueba en su contra.

En cuanto a Sonia...

Bueno, tenía varias formas de ponerla en su lugar.

—Señorita Olmos, no olvides estar esta noche a las ocho en el Oasis de la Paz.

Dicho esto, Beatriz colgó sin darle más oportunidad de responder.

Ella siguió desayunando, tranquila.

Sonia, con el teléfono aún en la mano, se quedó con el ceño fruncido y el ánimo revuelto.

—Esta noche a las ocho, lleva a dos chicos gay al Oasis de la Paz. Pero no los busques tú directamente.

—Entendido —asintió Liam—. Puedo hacer una publicación en internet buscando a alguien, eso es pan comido.

Con esos trucos de la calle, Liam era todo un maestro.

Lo que más le divertía de trabajar con Beatriz era ver de lo que era capaz la gente.

A veces, por apenas trescientos o quinientos pesos, eran capaces de pelearse entre ellos.

Eso sí que era divertido.

Cuando Liam se fue, Beatriz regresó a la casa.

Apenas entró, Valeria se acercó con el celular en las manos.

—Tu alarma no ha dejado de sonar.

Beatriz la tomó y revisó: ya era día 16.

Otra vez tocaba gastar dinero.

¡Qué fastidio!

Con un par de toques en el teléfono, transfirió cincuenta mil pesos a Valeria y otros cincuenta mil a Liam.

Valeria, al ver el aviso en su celular, se asustó tanto que casi empezó a temblar.

—Bea, si hice algo mal últimamente, dímelo, lo arreglo.

—No, todo está perfecto.

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