Beatriz, con el corazón en la garganta, abrió la puerta de golpe. Un grito retumbó en los diez acres de césped del patio trasero:
—¡Liam!
Liam apenas había terminado de sacudirse las manos, listo para presumir, cuando el grito de Beatriz lo hizo ponerse firme al instante.
—¡Señorita!
Beatriz se acercó furiosa y levantó a Sebastián del suelo. Su mirada, cargada de molestia, se posó en Liam.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Él quiere aprender a pelear y me pidió que le enseñara —respondió Liam, apretando los labios.
—¿Y así es como enseñas?
Liam hizo una mueca.
—Si no recibe unos golpes, ¿cómo va a aprender?
Beatriz respiró profundo, conteniendo el coraje. Por un momento, se quedó sin palabras, mirándolo fijo.
Liam chasqueó la lengua y volteó hacia Sebastián, que parecía una gallina apaleada a un lado.
—¡Di algo, pues!
Sebastián, medio doblado y sobándose la cintura, trató de explicarse con una mueca de dolor.
—Tía, yo le pedí a Liam que me enseñara.
—Tú...
...
—¡Bea! Ven para acá.
Beatriz estaba a punto de responder cuando vio a Rubén parado afuera de la puerta de cristal, llamándola con voz firme.
Soltó a Sebastián con cierta duda, pero terminó caminando hacia Rubén.
—¿Ya terminaste lo que estabas haciendo? —le preguntó él, tomándole la mano y guiándola hacia el comedor.
—¿Por qué Sebastián quiere aprender a pelear de repente? —preguntó Beatriz, mientras Rubén comenzaba a servir la comida.
—Supongo que se sintió inseguro, se dio cuenta de que no es tan bueno como creía —explicó Rubén con tranquilidad, colocando los platos sobre la mesa.
Beatriz no lograba calmarse del todo. Conociendo a Liam, podía ser muy brusco, y le preocupaba que pudiera lastimar en serio a Sebastián.
—¿No sería mejor contratar a un instructor profesional para que lo entrene?
El señor Tamez, sin levantar la vista del plato, intervino:
—Liam ya es bastante profesional.
—Pero él no sabe medir la fuerza —insistió Beatriz.
—¿Ya comiste suficiente?
Beatriz asintió. Rubén tomó su mano y la llevó escaleras arriba.
...
En el estudio, una torre de incienso de loto se consumía lentamente, llenando el aire de humo espeso como nubes. Entre ese aroma, se colaba un leve olor a tabaco que Beatriz captó enseguida.
Rubén no solía fumar. De vez en cuando se daba el gusto con un puro, pero nunca en exceso. Que ahora usara incienso para disimular el olor, solo podía significar que había fumado bastante.
Sobre la mesa, un estuche de satín violeta llamó la atención de Beatriz.
—¿Y esto? —preguntó, señalando la caja.
Rubén le indicó con la mirada que la abriera.
Adentro, descansaba una pulsera de jade, translúcida y de aspecto costoso.
—Mi mamá me la dio para ti. Anoche debí habértela entregado, pero no quise molestarte mientras dormías.
—Es demasiado valiosa —Beatriz dudó al tomarla. Ni siquiera había conocido en persona a su suegra y ya había recibido tantos regalos que sentía remordimiento.
—Si te la doy, acéptala —la voz del señor Tamez no admitía objeción.
No le dejó oportunidad de rechazar el regalo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina