—Hay que admitirlo, tu sobrina sí que tiene talento. Logró que la familia Zamudio no tuviera paz en años —Gabriela suspiró, admirando a Beatriz, mientras le daba vueltas a la cuchara en su taza de café con leche.
—Andrea era tan distinguida, ¿no? ¿Quién iba a pensar que después de esto quedaría postrada en una cama para siempre? Imagínate lo que debe de estar viviendo, una pesadilla sin final.
—Y luego está Isabel. Una chica de pueblo, que gracias a su voz y a su apariencia logró salir adelante. Si no fuera por tu sobrina, seguro habría sido el orgullo del barrio, hasta la habrían puesto de ejemplo en la familia. Pero mira nada más...
—Así es la vida, ¿no? Todo cambia de la noche a la mañana. Uno tiene que portarse bien, hacer el bien. No solo por uno mismo, sino por los hijos. Ve a la familia Zamudio, son el ejemplo perfecto de que todo se paga.
Gabriela seguía elogiando la astucia de Beatriz y de paso se repetía que debería aprender de ella.
Nunca reparó en el gesto pálido y apagado de Regina.
Aquella merienda se le atoró en la garganta a Regina desde el primer sorbo.
Aún después de que Gabriela se fue, Regina seguía sentada, inmóvil, como si no acabara de entender lo que había pasado.
El asiento de enfrente quedó vacío un buen rato antes de que Regina se atreviera a llevarse la mano a la sien y masajearse, tratando de calmar el dolor que le punzaba en la cabeza.
Gabriela era ingenua. Toda la vida había estado cuidada, sin trabajar ni un solo día fuera de casa.
Sus palabras no llevaban mala intención, pero no pensó ni un segundo en cómo se sentía Regina.
Regina pensó que la vida era agotadora.
Tratar con gente astuta era cansado, pero convivir con quienes no pensaban antes de hablar era todavía peor.
...
De regreso a casa, Regina no podía sacarse de la cabeza lo que Gabriela había dicho.
No había nada demasiado grave en sus palabras, pero a la vez todo era importante.
Orlando no logró doblegar a Beatriz y encima tuvo que cargar con el asunto de la tumba familiar.
...
En las oficinas del Grupo Mariscal, Regina esperaba junto a la pequeña sala de café en el último piso.
No entró a la oficina de Lucas hasta que vio salir a los empleados que estaban con él.
Pero lamentarse ahora era inútil.
Y tampoco era tan ingenuo como para buscarse otro hijo a estas alturas.
A Regina no le tranquilizó nada lo que dijo Lucas.
Al contrario, el miedo se le metió hasta los huesos, llenándole el cuerpo de una ansiedad que no le daba tregua.
—A fin de mes tenemos la junta anual de accionistas, hay que empezar a prepararla. Primero resolvamos lo que tenemos enfrente —Lucas retomó el tema, buscando distraerla.
—Ve pensando cómo convencer a los demás accionistas para que aprueben la compra del Grupo Brillante.
—En cuanto a Beatriz, que haga lo que quiera. La mayoría de los votos están de nuestro lado, lo que ella diga no nos afecta.
Regina asintió, bajando la cabeza:
—Ya entendí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina