Justo coincidió que Edgar andaba de malas por el asunto de Rubén y su sobrina, con el coraje atorado y sin a quién desquitarse.
Así, como si el destino lo hubiera planeado.
Sebastián terminó pagando los platos rotos.
Edgar no le dio ni un respiro; Sebastián salió bien raspado de esa.
El movimiento de Rubén fue, sin duda, muy astuto.
Al final, Edgar se desahogó.
Sebastián se volvió famoso por la paliza que le dieron.
Y Rubén salió limpio de todo, matando tres pájaros de un tiro.
—¿Y tú qué piensas de todo esto? —le preguntó Beatriz, sin soltarlo.
Rubén guardó silencio un momento y luego, con una media sonrisa, soltó:
—Ni me interesa pensarle. Todo el día haciéndola de tío y de papá para todos, termina por fastidiar.
Al escucharlo tan harto, Beatriz ni se atrevió a insistir.
Siguieron platicando solo lo necesario hasta que sirvieron la comida. Comieron en paz.
No volvieron a mencionar a los tres chamacos. Al contrario, ya de regreso en Montaña Esmeralda, Rubén la llevó a caminar por el patio para ayudar a la digestión.
Hablaron de otras cosas.
Beatriz, distraída, arrancó una hoja de un árbol y la fue girando entre los dedos.
De pronto, Rubén le soltó una pregunta tan fuera de lugar que la descolocó un instante.
—Oye, ¿es cierto que desenterraste la tumba de los Zamudio?
Beatriz reaccionó casi por reflejo:
—¿Quién te dijo eso?
En cuanto lo dijo, notó que había sonado muy brusca. Se tranquilizó y preguntó de nuevo, ahora con voz más suave:
—Si ya te llegó el chisme, seguro medio mundo lo sabe, ¿no?
Rubén asintió despacio:
—Supongo que sí.
Beatriz siguió jugando con la hoja, como si no le diera importancia:
—Qué curioso, ¿no?
El escándalo ni siquiera la había alcanzado a ella, y Rubén ya estaba enterado antes que nadie.
—¿Y regaste las cenizas?
—¡Claro que no! —Beatriz abrió los ojos grandes, aparentando inocencia.
—Tranquilo, no están aquí.
...
Esa noche, a las nueve, Regina aterrizó en el aeropuerto internacional de Solsepia.
Le marcó a Lucas unas cinco veces, pero ni señales.
Pidió un taxi y se fue directo a casa.
Apenas llegó, se dio un baño y bajó en pijama, justo cuando vio a Lucas entrando con el maletín en la mano.
—¿Dónde estabas? Te llamé un montón de veces y ni contestaste.
Lucas, sorprendido al verla, tardó unos segundos en reaccionar antes de contestar:
—Estaba en una reunión, no podía contestar. ¿Cuándo llegaste?
—Aterrizé a las nueve. ¿No viste mi mensaje en WhatsApp?
Regina se acercó, tomó su saco y, al colgarlo, reconoció un aroma a perfume suave que le llamó la atención.
Era un olor fresco, de esos que usan las chicas jóvenes...
Se le apretó el pecho, pero disimuló:
—¿Con quién estabas platicando?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina