Carlota se recargó levemente en el respaldo del sofá, mirando a Regina con los ojos abiertos de par en par, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. La incredulidad se reflejaba en su cara, imposible de ocultar en ese momento.
A fin de cuentas, mientras alguien no haya terminado en una tumba, nadie puede decir con certeza cómo acabará su vida.
Así le pasaba ahora mismo a Regina.
Después de treinta años de matrimonio con Lucas, había visto de todo en el mundo de los negocios: parejas que jugaban sucio, traiciones entre esposos, y no faltaban las historias de esposas enfrentadas a sus maridos por dinero, incluso llegando a extremos como envenenarse mutuamente.
Ella siempre creyó que su relación jamás llegaría a ese punto.
Ahora, al pensarlo, todo le parecía una broma de mal gusto.
Su vida entera, una burla.
Ahí estaba, sentada junto a su hija en la sala, atormentándose y dándole vueltas a todo, mientras seguramente Lucas andaba por ahí, disfrutando con su amante como si nada.
Carlota permaneció en silencio un buen rato, hasta que se inclinó un poco y tomó la mano de Regina con fuerza, mirándola con decisión:
—Pase lo que pase, no podemos dejar que mi papá tenga un hijo fuera del matrimonio.
...
En el departamento.
Claudia estaba sentada en el sofá, con la cabeza agachada. Sus dedos delgados apretaban la tela de su vestido, evidenciando lo incómoda y nerviosa que se sentía.
Con voz temblorosa y un dejo de miedo, levantó la mirada hacia Lucas. Sus ojos, brillosos y llenos de lágrimas, parecían suplicar:
—¿Ya pensaste lo del bebé? Si pasa más tiempo, ya no podré hacer nada.
Lucas estaba sentado a su lado. Observaba el rostro joven de Claudia, con la mandíbula tan tensa que parecía que en cualquier momento iba a romperse.
Obviamente, no sabía qué decidir.
—Hay que esperar un poco más —logró decir.
Claudia se quedó boquiabierta, los ojos aún más grandes, completamente sorprendida por la respuesta de Lucas. No esperaba que le saliera con eso.
¿Esperar qué?
¿Esperar a que el embarazo avance tanto que ya ni siquiera pueda interrumpirlo?
—No quiero esperar —replicó con voz temblorosa—. Soy joven, no quiero vivir con miedo todos los días. Si nace este bebé, será un hijo fuera del matrimonio. ¿Cómo voy a mirar a los demás si ya destruí una familia?
—Lo nuestro fue un accidente, y este bebé también es un accidente —respondió Lucas, incapaz de ocultar la frustración en su mirada.
Claudia lo miró, lágrimas a punto de desbordarse:
—¿Cuánto tiempo? ¿Tres días? ¿Cinco?
Lucas se levantó un poco y, con una mano en su hombro y la otra apoyada en el sofá, habló con sinceridad:
—Diez días. Como máximo, dos semanas. ¿Está bien?
—Más tarde haré que te transfieran quinientos mil pesos, gástalos como necesites. Si te falta algo, solo pídelo.
Recorrió el departamento con la mirada y agregó:
—Este lugar también lo pondré a tu nombre, considéralo una compensación. Decidas lo que decidas, el departamento es tuyo.
—¿Así te sientes tranquila?
Claudia no contestó. Solo lo miraba con los ojos llenos de lágrimas, como si quisiera decirle mil cosas.
Cuando Lucas ya se disponía a irse, ella lo detuvo, rodeándole el cuello con los brazos. Apoyó la cara en su pecho y, ahogada en sollozos, murmuró:
—¿Te puedes quedar conmigo esta noche?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina