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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 475

—Tío, Vannie no tiene nada que ver, fui yo quien quiso acompañarla.

—Además, Vannie ni sabía que yo tenía fiebre.

La voz de Joaquín resonó en la entrada del comedor, clara y decidida.

Vanesa apretó los labios y, con los ojos enrojecidos, le lanzó una mirada a Rubén mientras murmuraba en voz baja:

—Ni de chiste te va a creer.

—La paciencia que tiene conmigo no llega ni a una mínima parte de la que le tiene a Joaquín.

Su queja, cargada de una tristeza casi infantil, hizo que a Rubén se le crisparan los nervios. Sus ojos, oscuros y llenos de enojo, se clavaron en las lágrimas de Vanesa. Cuando habló, su voz arrastraba una rabia contenida:

—Deja de hacerte la víctima. Si no anduvieras metida en esas cosas absurdas, yo no tendría motivos para no confiar en ti.

—No aprendes de tus errores, todo lo que sale de tu boca son mentiras, te la pasas fingiendo. ¿O crees que no sé lo que traes entre manos?

—Y ustedes dos...

Rubén desvió la mirada hacia Joaquín y Sebastián, su enojo aumentando con cada palabra:

—Comen, beben, usan mis cosas, hasta les he conseguido oportunidades y los llevé de la mano al negocio. Les doy todo y apenas aprovechan una mínima parte, sólo piensan en divertirse. Les conseguí Capital Futuro para que se preparen, con todas las ventajas que tienen y ni así las valoran. Solo se la pasan viendo cómo zafarse del trabajo. Con Maristela, tengo que cargar yo con los reclamos de los papás y los abuelos. En Solsepia, soy quien se encarga de que no les falte nada. Y si causan algún lío fuera, soy yo el que tiene que limpiar el desastre. Si se enferman, también me toca cuidarlos.

El tono de Rubén subió todavía más, cada frase era como un golpe seco.

La tensión en el comedor era tan densa que parecía que el aire se había vuelto plomo.

La mirada de Rubén ardía, furiosa, imposible de sostenerle la vista.

—¡Pum!

Rubén golpeó la mesa con la palma de la mano.

La taza de café, vacía, brincó y cayó al suelo, rompiéndose en varios pedazos.

—Escúchenme bien los tres. Si alguno se atreve a poner en riesgo el futuro de la familia, si se creen con derecho de arrastrar el apellido en sus tonterías, más vale que se preparen para enfrentar las consecuencias.

El silencio cayó de golpe en el comedor.

Nadie se atrevía a respirar con normalidad. El ambiente era tan tenso que hasta el más mínimo ruido parecía demasiado.

Beatriz ya había presenciado otras explosiones de Rubén, pero siempre le sorprendía esa mezcla de autoridad y temor que imponía. Anoche, Rubén había sido la ternura personificada, pero ahora parecía alguien totalmente diferente, duro como el acero.

Le costaba imaginar lo que sentiría si toda esa ira estuviera dirigida hacia ella.

Todavía aturdida, sintió un toque suave en la espalda. Era Valeria, que le indicaba que hiciera algo.

Beatriz reaccionó al instante, se apoyó en la mesa y se levantó despacio, acercándose al lado de Rubén. Sus dedos finos y delicados se posaron en el brazo fuerte de él, buscando calmar la tormenta.

Con una voz serena y dulce, Beatriz habló:

—Tranquilo, no te pongas así.

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