En la tienda de muebles, Liam se metió en la sala de administración y, sin pensarlo mucho, tomó dos prendas del uniforme del personal y se las puso encima.
Aprovechando el ajetreo de quienes cargaban muebles, se coló discretamente en la fila de los instaladores.
Así, junto con el equipo de instalación, se dirigió a la casa de la familia Mariscal.
Al llegar a la residencia Mariscal, solo las empleadas estaban presentes.
Liam se sumó a los instaladores para dejar todo en su sitio.
Las empleadas, siguiendo las instrucciones que Regina había dejado previamente, les indicaron dónde colocar la cama.
Antes de irse, el personal de la tienda recogió hasta el último pedazo de envoltura, sin dejar ni una pizca de basura.
Mientras los demás tiraban el desperdicio en la cajuela, Liam aprovechó un descuido y dobló la esquina para subirse a un carro que ya lo esperaba cerca.
Apenas cerró la puerta, se quitó la gorra y la tiró al piso.
El uniforme de instalador azul marino le daba a Liam un aire más varonil.
Mientras ajustaba el aire acondicionado, murmuró:
—Me estoy asando aquí.
—No te voy a mentir, esa ropa te queda bastante bien —comentó Andrés desde el volante, mirándolo con una sonrisa.
Liam resopló, se recargó en el asiento del copiloto y soltó sin filtros:
—¿A poco hay algo que no me quede bien?
—Sí, sí, sí, tú eres como un maniquí, todo te luce —Andrés encendió el carro y comenzó a salir, halagando a Liam medio en broma, medio en serio.
Ya se había dado cuenta: a Liam se le conquistaba con palabras amables, no con regaños.
Si te le ponías al tú por tú, con esa lengua que tenía, era capaz de dejarte callado en dos minutos.
El carro avanzó despacio rumbo a Montaña Esmeralda.
Al pasar el primer semáforo, justo cuando les tocaba cruzar, la luz cambió a rojo.
Andrés tamborileó los dedos en el volante, fastidiado, y chasqueó la lengua.
A Liam tampoco le gustaba la espera.
Tantos minutos haciendo fila para que justo al llegar te tocara el alto.
Era como estar en el baño, a punto de hacer del dos, y de repente descubrir que tienes estreñimiento. Frustrante.
El tráfico en Solsepia era un caos: los semáforos duraban siglos y la espera podía sacar de quicio a cualquiera. Liam se pasó la mano por el cabello y, recargado en la puerta, miró hacia el cruce peatonal.
Lea, aún impactada, se dejó llevar por la corriente de gente y cruzó el paso de cebra.
Tal cual como aquella vez, todos habían dejado al niño y se habían ido.
Veinticinco años después, hoy también ella elegía irse con los demás.
Como si, para ella, nada de lo que tuviera que ver con él mereciera un trato especial.
—¿Quieres que pare el carro en la orilla? —preguntó Andrés, dudando.
Liam suspiró y, poco a poco, apartó la mirada:
—No, vámonos.
Andrés apretó el volante, sintiendo la incomodidad llenar el aire. Quiso decir algo, buscar una palabra de consuelo, pero era evidente que nunca había lidiado con algo así.
Por el perfil de esa mujer, Andrés supuso que debía ser la madre de la que Liam siempre hablaba, esa que se había ido y nunca volvió.
Había que tener el corazón duro para eso.
Pero, pensándolo bien, en aquella época, empujados por la vida y las circunstancias, no era tan sencillo juzgar a alguien solo por su frialdad.
Desde que escuchó la historia de Liam, Andrés se había preguntado cómo sería si algún día se volvían a encontrar en Solsepia. ¿Cómo se suponía que debían mirarse? ¿Qué se diría en un instante así?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina