Todo esto no era más que una jugada entre madre e hija.
Solo querían saber si la abuela había regresado a descansar, o si en realidad estaba de vuelta para cubrirle las espaldas a Lucas.
En ese momento, se escuchó ruido en la puerta de la sala.
La abuela se puso nerviosa al instante.
Sintió cómo se le erizaban los vellos de la espalda.
—¿Por qué regresó Carlota otra vez?
Carlota ignoró la mirada de pánico de la abuela, levantó el cojín del sillón y sacó su celular.
—Se me olvidó el celular, abuela.
La sala volvió a quedarse en silencio.
La abuela se dejó caer en el sillón, aferrándose al descansabrazos.
...
En el carro negro, Regina sostenía el volante con fuerza, manejando sin rumbo fijo por las orillas de la ciudad.
Tardó varios minutos en calmarse, hasta que por fin habló con voz controlada:
—Carlota, ¿vas a hacerme caso?
—Claro, mamá.
—Tu papá anda por ahí con un hijo fuera del matrimonio. No podemos permitir que esa mujer tenga a ese niño. Y si, aunque lo intentemos, al final lo tiene, entonces antes de que nazca, tu papá y yo tenemos que separar los bienes y dividir todo. Debemos asegurarnos que tú y yo quedemos protegidas, ¿me oyes?
—Que solo use lo que le toca para mantener a ese hijo, pero que no toque lo nuestro.
Carlota apretó los labios.
—Papá no va a aceptar divorciarse, y si lo demandas y uno no coopera, el proceso puede durar muchísimo. Si esa mujer da a luz mientras tanto, nos quedaremos sin opciones.
Ningún hombre está dispuesto a ceder la mitad de lo que ha construido.
La mayoría prefiere tener a la esposa de toda la vida en casa, guardando las apariencias, mientras afuera disfruta de una mujer joven y bonita que le da un hijo.
Si de verdad llegaban a ese punto, sería una guerra: o ganaba una, o ganaba la otra.
¿Acaso han faltado historias donde la esposa “oficial” muere en accidentes sospechosos en las familias adineradas?
Regina giró lentamente el volante y se detuvo al costado del camino.
La luz amarilla de un farol caía sobre ellas a través del parabrisas, dejando sus caras en penumbra, pero iluminando lo suficiente para que pudieran mirarse bien.
Carlota la observó de lado, y dijo, palabra por palabra, con firmeza:
Tenía pensado descansar al llegar a casa, pero apenas puso un pie dentro, Rubén la atrapó.
Y así, hasta ahora...
—Rubén... —suplicó con voz débil, intentando contener el malestar.
—¿Qué pasa? —preguntó él, con voz baja y ronca.
—No quiero... —pero no alcanzó a terminar la frase, porque el semblante de Rubén se ensombreció de inmediato.
Beatriz ya no se atrevió a decir nada más; solo lo miró, mordiéndose los labios, con una expresión de súplica.
Rubén resopló con fuerza, controlando su molestia, y trató de calmarla:
—Ya casi, ¿sí? Aguanta un poquito más, por favor.
Pero antes de que pudiera responderle, Beatriz sintió un retortijón, se inclinó a un lado y vomitó en el suelo de la sala.
En un segundo, Montaña Esmeralda se volvió un caos.
Rubén, sobresaltado, la levantó en brazos y la llevó al dormitorio. Mario estaba al teléfono, llamando al doctor.
Vanesa subió corriendo desde la planta baja y, al ver a Beatriz tan débil en la cama, preguntó preocupada:
—¿Tía, no será que estás embarazada?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina