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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 498

En el estudio, Beatriz sostenía el celular, a punto de marcarle a Edgar.

Rubén entró sin tocar.

Ella, con el teléfono en la mano, se quedó un momento sin saber qué hacer, mirándolo con cierta confusión.

En ese instante, se escuchó el tono de llamada.

—¿Todavía no terminas? —preguntó el señor Tamez, con una ceja levantada.

La reacción inmediata de Beatriz fue... colgar la llamada.

Pero Edgar contestó antes de que pudiera hacerlo.

—¿Bea? —se oyó la voz de Edgar, impaciente.

Así, bajo la mirada atenta de Rubén, Beatriz atendió la llamada y saludó con obediencia:

—Tío.

Rubén, recargado en la puerta, escuchó aquello y no pudo ocultar el interés que le provocó.

Se acercó, activó el altavoz del celular de Beatriz y, apoyado en el escritorio con los brazos cruzados, la observó con una sonrisa traviesa.

Ese día, Rubén llevaba puesta una camisa blanca, sin corbata. Tal vez por el calor, tenía las mangas remangadas. Su postura relajada, casi como si disfrutara de espiar una conversación ajena, le daba un aire de quien tiene todo bajo control.

Beatriz platicó unos minutos con Edgar, intercambiando saludos.

Después, comenzaron a comentar los detalles de la visita que Edgar haría a Solsepia al día siguiente. Beatriz lo invitó a quedarse en su casa.

Edgar respondió casi sin pensarlo:

—Ni de chiste. ¿Qué, no tengo casa en Solsepia? ¿Por qué tendría que quedarme en otra casa? Y ni se te ocurra dejar que ese Rubén ponga un pie en mi casa.

Beatriz, sorprendida, volteó a ver a Rubén.

Edgar siguió despotricando:

—¿Qué le pasa a ese tipo? No conforme con querer a mi sobrina, ¿ahora también me bloquea? No hubo presentación formal, ni regalos, ni carroza, ni fiesta con toda la familia, ¿ya fue a pedir tu mano con tus papás? ¡Tú estás joven, pero él ya está grandecito para no saber cómo se hacen las cosas!

Del otro lado del teléfono, se escuchó una voz de mujer interrumpiendo el escándalo.

—¡Ay, Edgar! ¿A qué viene estarle diciendo esas cosas a Bea?

El bullicio subió de tono, la voz de Edgar alejándose. Luego, un portazo.

Entonces, la voz suave de Berta Barrales se hizo escuchar:

—Bea, no le hagas caso a tu tío, ya sabes cómo es. Cuando lleguemos a Solsepia tenemos que compartir al menos una comida, pero no te preocupes, no nos quedamos a dormir ahí. Luciana casi no nos ve en el año, así que si no nos quedamos con ella, seguro se va a enojar.

Se acercó a Rubén y lo abrazó por la cintura, frotándose con cariño contra su pecho.

—¿Me buscabas por algo?

—Sí —soltó Rubén, con su tono habitual.

—Como viene tu tío, preparé unos regalos y quería que la señora Tamez los revisara.

El corazón de Beatriz se llenó de ternura.

—Por supuesto —le sonrió.

...

En la sala, al bajar, lo primero que notó Beatriz fue que había varias bolsas doradas sobre la mesa, junto con unas cajas de té y tazas.

Lo primero que pensó fue: esas bolsas, de esa marca, son carísimas.

—Mi tía no va a aceptar eso —le dijo a Rubén, seria.

—¿Entonces qué debería preparar?

—¿Qué tal productos para el cuidado de la piel, maquillaje, joyas? Ese bolso es demasiado ostentoso. Allá en el norte, donde está Edgar, la gente se fija mucho en esas cosas. Si mi tía llega con un bolso de varios cientos de miles de pesos, seguro va a llamar la atención.

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