Tan solo escuchar el término “jefe de área” fue suficiente para que Alberto adivinara de inmediato: seguro esto tenía que ver con Beatriz.
A las tres con cincuenta, Pedro apareció en el estacionamiento.
Alberto lo recibió y lo acompañó hasta el edificio.
Ya en el elevador, Pedro se quedó callado unos segundos antes de atreverse a preguntar:
—Alberto, ¿puedo saber para qué motivo me mandó llamar el señor Tamez?
—Pues... la verdad, no sabría decirle —respondió Alberto, quien, tras tantos años de asistente personal, tenía la boca más cerrada que una tumba.
Lo que el jefe no decía, aunque uno lo sospechara, no se le podía andar contando a nadie.
Pedro, curtido tras años de navegar entre los altos mandos, ya casi a las puertas del retiro, había llegado más lejos que la mayoría. Aunque por dentro sentía cierta inquietud, por fuera se mantenía sereno, como si nada lo tocara.
Alberto lo condujo directo a la sala de juntas.
Dentro, una mesa de madera ocupaba el centro del lugar: un mueble tallado de una sola pieza, la madera rojiza lucía natural, con los bordes conservando la curva original del tronco. Nada de adornos innecesarios.
Pedro recorrió la estancia con la mirada.
Toda la sala desprendía una elegancia discreta, esa clase de lujo que no busca llamar la atención, pero se nota en los detalles.
A simple vista parecía una sala común, pero, ¿quién imaginaría que la tetera de barro sobre la mesa costaba más de cien mil pesos?
—Señor Beltrán —la puerta se abrió y apareció Rubén, impecable con una camisa blanca.
Le dio la mano y lo saludó—: Perdón la premura al invitarlo, espero que no le cause molestia.
—Para mí es un honor visitar Capital Futuro —contestó Pedro con cortesía.
—Por favor, tome asiento —Rubén le señaló con la mano el lugar frente a él.
En cuanto se acomodaron, Rubén empezó a preparar todo el ritual del té. No solía mostrarse ante extraños, pero los directivos de Solsepia ya lo ubicaban: “Ese es el hijo menor de la familia Tamez, el que parece salido de una pintura”.
Pedro, al verlo en persona, no pudo evitar sobresaltarse. Ahora entendía lo que decían: “una joya entre la gente”.
—Mi idea era ir a visitarlo personalmente, pero he estado ocupado con el trabajo —Rubén sirvió una taza y se la ofreció a Pedro.
Luego continuó—: Justo hace unos días, mientras comía con el secretario, salió el tema de usted. Me comentaron que últimamente está a cargo de la venta de terrenos en la zona de desarrollo.
A Pedro le corrió un impacto por todo el cuerpo, como si le hubieran inyectado pura adrenalina.
La verdad, esa situación le tenía con la cabeza hecha un nudo. Todos sabían que Solsepia, siendo una ciudad financiera, no tenía zonas de desarrollo reales. Eso de “zona de desarrollo” era puro cuento, y en realidad quedaba más lejos que la periferia.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina