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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 561

Rubén se sentó en la silla, cerró la computadora y soltó un simple:

—Se acabó la reunión.

Beatriz apareció a su lado, dejando una bebida fría junto a su mano. Apenas puso la charola sobre la mesa, quiso marcharse. Pero Rubén la sujetó de la cintura y la atrajo hacia él, inmovilizándola suavemente entre sus brazos.

—¿Sigues enojada? —le murmuró cerca del oído.

—¿Y acaso no puedo enojarme? —replicó ella, sin mirar atrás.

—¡Claro que puedes! —Rubén suspiró, frotándose la frente como si el asunto le diera jaqueca. En el fondo, era él quien se sentía inquieto y quería que Beatriz lo consintiera un poco, pero al final, terminó enredándose aún más en sus propios sentimientos.

—Me equivoqué, lo admito. Te pido perdón, ¿sí? Ándale, ya no te enojes, mi amor.

Beatriz lo miró de reojo, como si el perdón le supiera a poco. Sostenía la mirada con cierto fastidio, dejando claro que ese tipo de disculpa no era suficiente.

—Ya que el señor Tamez anda tan arrepentido, ¿por qué no nos cuentas exactamente en qué la regaste? —le soltó, cruzándose de brazos.

—Me equivoqué por hacerte un berrinche sin razón —admitió Rubén.

Rubén sabía bien que Beatriz solo había usado a Cristian como una ficha más en su juego, sin involucrar sentimientos. Pero Cristian, en cambio, no era tan simple. Un hombre sabe perfectamente cómo otro mira a una mujer: ese tipo de mirada contenida, hambrienta, que dice más de lo que debería.

Como hombre, Rubén reconocía esos gestos demasiado bien, y no pudo evitar que los celos le revolvieran el estómago. Desde que Beatriz volvió de la estación de policía, notó que andaba de malas, y su cabeza no dejaba de imaginar cosas.

—Tienes mucha bronca con Cristian —señaló Beatriz.

—Tengo bronca con cualquiera que se te acerque —respondió él, resumiendo todos sus miedos en una sola frase.

Beatriz notó que Rubén intentaba evadir el tema y, tras forcejear un poco para soltarse, terminó contestando:

—Entre Cristian y yo no hay absolutamente nada —afirmó con firmeza.

—Lo sé —admitió Rubén, asintiendo.

Pensó para sí: si dentro de veinte o treinta años, Rubén cambiaba como todos los demás, ¿cómo podría garantizar que esa promesa se mantuviera? ¿Cómo asegurarse de seguir perteneciendo a alguien?

Rubén escuchó la respuesta de Beatriz. No la contradijo; en cambio, soltó una risa profunda y sincera.

—Confía en mí, Bea.

...

Mientras tanto, Carlota tenía entre manos dos grandes proyectos al mismo tiempo. Iba y venía entre los sets de grabación, supervisando detalles y, de vez en cuando, se veía obligada a compartir un trago con algún director.

Esa noche, después de terminar una escena nocturna, alguien del equipo propuso que todos fueran a cenar juntos para relajarse. Carlota pidió a su asistente que hiciera la reservación en un restaurante cercano.

Durante la cena, Carlota se excusó para ir al baño. Al regresar al privado, se detuvo frente a la puerta, secándose las manos con una servilleta, justo cuando escuchó las voces de sus compañeros de trabajo conversando animadamente dentro.

—¿Ustedes creen que todo esto no será cosa de la mamá de la señorita Mariscal? —preguntó alguien, dejando el aire cargado de suspenso.

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