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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 586

—Bea, ¿qué pasa?

—Estoy en la entrada del hospital.

La voz de Beatriz sonaba tranquila, casi como si nada.

Rubén, al escuchar la palabra “hospital”, sintió que el corazón se le apretaba.

—¿Por qué fuiste al hospital? ¿Te sentiste mal? ¿Es grave? ¿Qué pasó? ¿Con quién estás?

Beatriz apenas había dicho una frase y Rubén ya le había soltado una avalancha de preguntas, una tras otra, sin dejarla respirar.

Eso la dejó un poco aturdida, como si de pronto todo girara a su alrededor.

Guardó silencio un instante y luego respondió con calma:

—Estoy en la entrada del Hospital Internacional de Maristela.

El señor Tamez se quedó unos segundos pasmado, sin decir nada. Solo después de cuatro o cinco segundos pudo preguntar:

—¿Dónde dices?

Beatriz repitió, sin perder la paciencia:

—Hospital Internacional de Maristela.

Apenas terminó de hablar, el señor Tamez sintió un vuelco en el pecho. Una risa llena de alivio se escuchó a través del teléfono, y llegó hasta los oídos de Beatriz.

—Ya bajo, espérame ahí.

¡Su Bea! ¡Qué mujer tan comprensiva!

Osvaldo llevaba varios días presionándolo, y hasta los hermanos se aparecían de vez en cuando con indirectas. Decir que no sentía presión era mentir.

Todos tenían miedo. Miedo de que el abuelo un día ya no despertara.

Si solo fueran novios, no pasaba nada. Pero ellos ya estaban casados formalmente. A estas alturas, si ella no se presentaba, no solo él iba a quedar mal ante toda la familia, también la imagen de su rama familiar se vería afectada.

Y lo peor sería que Beatriz, antes de siquiera cruzar el umbral, ya provocara críticas y opiniones entre los suyos.

Pero él entendía que Solsepia también era importante. Beatriz había tenido que recorrer un largo camino para llegar hasta aquí. Todo lo que tenía ahora era resultado de años de esfuerzo silencioso.

¿Cómo podría pedirle que dejara todo en Solsepia solo para venir a Maristela?

Y aun así, ella había venido. Había entendido su situación y, poniéndose en su lugar, había tomado la decisión.

Eso, pensó Rubén, sí que era amor.

...

En ese momento, las puertas del elevador se abrieron.

Desde lejos, Beatriz vio a Rubén abriéndose paso entre la gente, y, sin pensarlo, corrió hacia él como si las alas se le hubieran desplegado.

Rubén, al verla correr, sintió el corazón en la garganta.

—No corras —le advirtió—. Hazme caso.

Apenas terminó de hablar, Beatriz ya lo había alcanzado y se lanzó a sus brazos como una mariposa.

—¿No recuerdas que tus rodillas no están bien? ¿Por qué corres? —le preguntó, con una mezcla de regaño y ternura.

Beatriz se colgó de su cuello, contestando con voz dulce:

—Es que quería abrazarte más rápido.

Rubén aspiró hondo, abrazándola tan fuerte que por poco la funde en su pecho.

—Así me gusta. —Le acarició el cabello con ternura—. ¿Vienes cansada? ¿A qué hora saliste?

—No, para nada. Salí a las cinco y media, usé tu avión privado.

—Subamos primero —dijo Rubén, tomándola de la mano y guiándola hacia el elevador.

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