—¿Beatriz, verdad? Pásale, ¿vienes cansada del camino?
Beatriz no conocía a nadie allí, así que al sentir cómo le tomaban la mano para recibirla, se sintió algo incómoda y miró de reojo a Rubén.
Rubén, siempre con ese aire despreocupado, habló desde atrás:
—Es mi madre.
Al escuchar esa presentación tan seca, la señora soltó una exclamación:
—¡Eres un caso, muchacho!
Beatriz abrió la boca, queriendo saludarla como “mamá”, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
No era su culpa. Llevaba más de diez años sin llamar así a alguien. No podía soltarlo de un momento a otro.
La señora Luna Tamez, con la calidez de quien recibe a alguien en familia, la tomó de la mano y comenzó a platicar animadamente. Primero le reclamó a Rubén por su falta de formalidad: que ya estaba casado y ni siquiera había traído a su esposa antes a casa.
Después, pasó a disculparse con Beatriz, diciendo que todo había sido muy apresurado y que le hubiera gustado preparar algo mejor para este primer encuentro.
Al final, le pidió a Osvaldo que fuera a la habitación por algo. Cuando regresó, le entregó a Beatriz una caja de satín.
—Todo fue tan de repente que no tuve tiempo de preparar un regalo digno para conocerte. Aquí tienes una tarjeta bancaria y un juego de joyas.
—Es demasiado... —Beatriz quiso rechazarlo por instinto.
Luna le apretó la mano con suavidad y la interrumpió:
—Eres una buena muchacha. Ya de por sí es injusto que no tuvieras boda, y Rubén ni siquiera cumplió con las formalidades. Esto es solo un pequeño detalle, no es nada.
—Guárdalo —dijo Rubén desde un lado, en voz baja.
Beatriz agradeció y aceptó el regalo.
Rubén la miró con esa actitud despreocupada de siempre y volvió a hablar, medio en broma:
—Ya tienes el regalo, ahora sí deberías llamarla “mamá”.
Luna se sorprendió. ¿Acaso este muchacho no sabía que una mujer no debía ser presionada así?
—Eres un caso, muchacho —le soltó otra vez.
De pronto, Beatriz por fin entendió aquella frase de Vanesa: “Ni te preocupes porque a mi abuela no le caigas, si mi tío logró casarse, mi abuela seguro hasta le reza al cielo de la alegría”.
El primer encuentro entre suegra y nuera, a pesar de todo, había resultado bastante cordial.
...
—Entendido —Liam no se atrevió a tomarlo a la ligera.
...
En la sala, Rubén platicaba con Osvaldo.
Por el rabillo del ojo, Rubén notó cómo Beatriz salía del comedor para contestar su llamada.
La conversación entre padre e hijo cambió sutilmente de tema, centrándose en Beatriz.
Osvaldo observó a la joven, que de espaldas a ellos hablaba en voz baja por teléfono.
—En Solsepia las cosas están que arden, y aun así ella se dio el tiempo de venir hasta Maristela. ¿La presionaste tú?
Aunque Osvaldo nunca había visto a Beatriz en persona, siempre estuvo al tanto de sus movimientos. En familias grandes como la suya, lo que más temen es que algún hijo, nuera o nieto cometa una locura difícil de controlar.
Y como no conocía a Beatriz, prefería estar atento.
Rubén le echó una mirada de lado, sin sorprenderse de que su padre supiera lo de Beatriz. Mientras Osvaldo no cruzara ciertos límites, él podía aceptarlo.
—No la presioné. Ni siquiera le conté lo que pasa en la familia para que no se distrajera. Ella vino a Maristela por decisión propia.

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