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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 593

Guardó silencio un buen rato, deseando encender un cigarro. Se palpó los bolsillos, buscó por todas partes, pero no encontró nada.

Eran las once de la noche cuando Regina salió del hospital.

En un principio, pensaba regresar directo a su departamento, pero al acercarse, giró el volante de golpe y puso rumbo hacia la casa de los Mariscal.

El mismo día que Lucas confesó, la policía ya había llegado con una orden para registrar su estudio.

La abuela estaba sola en casa, incapaz de soportar la presión de esa situación, y no dejó de marcarle por teléfono, desesperada. Regina no contestó ni una sola llamada.

—Cuando hay problemas, sí buscan a una. Cuando no necesitan nada, ni se acuerdan de una —pensó Regina, con amargura.

¿Esa anciana qué creía que era ella?

Al llegar, estacionó el carro frente a la casa. Desde afuera, se veía una luz tenue en el interior. Regina entró directo, sin dudarlo.

En la cocina encontró a la anciana, que estaba cocinando unos fideos.

A diferencia de los días anteriores, ya no se le veía tan desamparada; parecía que poco a poco se había acostumbrado a vivir sin que nadie la atendiera.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué fuiste a la policía a decir que antes diste un testimonio falso?

—Beatriz me amenazó —respondió la anciana, sin mirarla a los ojos.

—¿Y con qué te amenazó? —insistió Regina, acercándose más.

¿Qué podría tener esa anciana que valiera la pena para que alguien la amenazara? A su edad, si se negaba a hablar, ¿qué podría hacerle Beatriz? ¿Quitarle la vida? ¿Y de qué servía ya su vida?

Regina trataba de entenderlo, pero en su mente apareció de pronto el rostro de Claudia.

—No me digas que te amenazaron con tu nieto —aventó Regina, casi sin pensar.

—¿Eso crees que lo hizo sólo porque le convenía?

—En vez de enfrentarte a quienes sí te hicieron daño, vienes a descargar tu coraje conmigo, una anciana que ya ni fuerza le queda. Adelante, sigue buscando culpables, tal vez y hasta tú misma termines pagando.

De pronto, la anciana la empujó sin miramientos hacia la puerta.

Regina quedó de pie, mirando la puerta principal que se había cerrado de golpe.

Por dentro, sentía un vacío difícil de explicar.

—Tiene razón, ¿qué ando haciendo yo metida en todo esto delante de la policía? ¿A poco quiero arruinarme la vida sola?

Al final de cuentas, en todo aquello, ella tampoco había sido menos culpable que Lucas...

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