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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 597

Beatriz tenía la oportunidad servida en bandeja, ¿cómo iba a rechazarla?

De pronto, a Carlota le vino algo a la mente y marcó el número de Aurora.

—¿Y Gregorio? ¿Dónde se metió? La familia Olmos tiene un hijo sano y salvo, ¿por qué mandan a la hija a la empresa?

—Ni idea. La familia Olmos no ha dicho nada sobre el paradero de Gregorio, pero escuché que, después de lo que le pasó, ya no está bien.

Un hombre como él, pasar por algo así...

¿Quién podría soportarlo?

Que Gregorio no haya perdido la cabeza ya es un milagro.

—Ya entendí. Gracias por lo de hoy, considéralo un favor que te debo.

Aurora soltó una risita.

—Después de tantos años de amistad, ¿a poco sigues con formalidades conmigo?

—Si necesitas algo, házmelo saber. Te aseguro que lo resuelvo.

Aurora colgó la llamada y apretó los labios, mirando cómo la persona que esperaba se acercaba por el pasillo.

Le preguntó en voz baja:

—¿Quién era?

—Carlota —respondió Aurora.

—La familia Mariscal anda en tiempos turbulentos, mejor no te metas. Si tu papá se entera, te va a decir cosas —advirtió la persona.

Aurora asintió.

—Sí, tienes razón, pero Carlota ni de chiste me pediría ayuda. Solo fue por cortesía.

Ella, más que nadie, sabía que Carlota estaba acabada. Se conocían desde niñas.

Había visto su egoísmo y falta de empatía.

Y su veneno.

En su momento, Carlota envidió todo lo que tenía Beatriz y, a escondidas, le hizo muchas jugarretas.

Ni siquiera cuando Ezequiel murió dejó de hacerlo.

Al contrario, se volvió peor, presumiendo y pisoteando a Beatriz siempre que podía.

Pero ahora, la vida daba vueltas: Beatriz había desplazado a Lucas y se sentaba en la silla de presidenta ejecutiva del Grupo Mariscal.

Y seguramente, lo primero que haría sería asegurarse de que Carlota la pasara mal.

En la oficina, Beatriz se recargó con desgana en la silla, mirando la pantalla de la computadora.

Con sus dedos largos tamborileando sobre el escritorio sin mucho ritmo, su expresión transmitía una seriedad que imponía respeto.

Después de un rato, sus ojos se detuvieron en Nicolás, que estaba sentado enfrente.

—¿Señor Pedraza, está nervioso?

—N-no... no.

Nicolás apenas podía articular las palabras.

¿Quién iba a imaginar que, en ese mismo lugar, antes se sentaba Lucas, y ahora era Beatriz quien mandaba?

—Señor Pedraza, usted lleva años en la empresa, así que voy directo al grano.

—Dígame, señorita Mariscal.

—La auditoría detectó un desfalco de seis millones en su departamento. ¿Cómo lo explica, señor Pedraza?

—En los negocios, hay muchas atenciones y favores que no pueden dejarse por escrito. Eso lo permitía el anterior presidente. ¿Qué quiere que explique exactamente?

Nicolás miró a Beatriz y, en el fondo, no podía evitar burlarse. Le daban ganas de soltarle en la cara que ella no era más que una mocosa.

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