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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 600

—¡Tu esposa sí que es increíble! —exclamó Ireneo, soltando una risa cargada de admiración—. ¿Quién iba a pensar que lograría esto?

—¿A qué te refieres? —Rubén se enderezó despacio, apoyando los codos sobre las rodillas y frotándose el entrecejo con gesto cansado.

—¡A que logró que Lucas confesara y se entregara! Ya salió en las noticias. Imagínate, primero la familia Zamudio, ahora la familia Mariscal, y todo bajo su mano. ¿Cuánto ha pasado? Ni dos años. Rubén, te casaste con una mujer de armas tomar.

El colapso de una empresa nunca ocurría de la noche a la mañana. Que Beatriz hubiera tumbado dos familias y sus empresas en tan poco tiempo solo podía significar que era alguien fuera de lo común. Mano dura y una determinación a toda prueba, pensó Rubén, eran la única explicación.

Todavía no había tenido tiempo de ver las noticias. Se había quedado toda la noche en vela, desplomado en el sofá, sintiendo el cansancio todavía pegado a la piel.

Abrió el altavoz del celular y buscó el nombre de Lucas en la página de noticias. Enseguida saltaron tendencias de lo más comentado.

En la sección de comentarios, no paraban los mensajes de burla, insultos y descalificaciones.

[¡Ya era hora de que uno de estos pillos pagara!]

[No puedo creer que la familia Mariscal también cayera tan rápido.]

[La esposa de Rubén es una fiera, así se hace.]

—Me puse a investigar —añadió Ireneo, sonando casi divertido—. La noticia la filtró la hija de Mariano Olmos, Sonia. ¡Qué habilidad! De ser la otra, ahora se vuelve aliada. Con esa destreza, tu esposa puede lograr lo que quiera.

—Menos mal que Ismael ya se largó. Si siguiera en Solsepia seguro se desmayaba del coraje —remató entre carcajadas.

A Ireneo le fascinaba el chisme, y esto era mejor que cualquier novela. Mientras tanto, dejó el teléfono en la mesa, con el altavoz encendido, y siguió navegando en la computadora, incluso comprando espacio en los temas populares para que la noticia no bajara de tendencia.

Rubén, sin embargo, no le siguió el juego. Cambió el tema con un tono directo:

—Beatriz apenas está tomando las riendas de la empresa. Seguro se va a topar con varios obstáculos. Échale una mano de vez en cuando.

El comentario hizo que Ireneo soltara una carcajada burlona.

—¿Que le eche una mano? ¿Acaso es mi esposa para que yo me meta en sus asuntos? ¡Tú encárgate!

—Te aumento el sueldo.

—¿Cuánto?

—Veinte millones de pesos.

Ireneo guardó silencio unos segundos.

—Sí, vino. Pero tuvo que regresar a Solsepia, la necesitan allá.

—Está bien, el trabajo es primero. Escuché que hablaban del negocio, ¿pasa algo grave?

Rubén, directo y sin rodeos, le explicó de manera simple: Lucas había asesinado a Ezequiel, y Beatriz, después de años aguantando, logró limpiar el nombre de su padre y recuperar la empresa. Todo lo demás, prefirió no detallarlo.

El abuelo escuchó atento. Por un instante, en sus ojos se asomó el brillo de la admiración.

—Es una mujer con muchas capacidades —dijo, con un dejo de orgullo.

Platicaron un rato más, hasta que la puerta del cuarto se abrió de golpe: entraron de pronto los médicos, interrumpiendo la conversación.

Mientras revisaban al abuelo y hacían preguntas, la familia Tamez fue llegando uno tras otro, llenando la habitación. Parecían una marea: los más cercanos al abuelo eran sus hijos y nueras; un poco más lejos, los nietos, y al fondo los bisnietos y demás familiares jóvenes.

A pesar de que la habitación estaba llena, reinaba un silencio respetuoso. En la familia Tamez todos sabían que cada quien debía ocuparse de lo suyo y respetar el turno de los demás. Nadie buscaba protagonismo.

Los médicos seguían con los exámenes cuando el celular de Rubén sonó de pronto.

Él bajó la mirada para ver quién llamaba, luego alzó la vista hacia el abuelo, sin perder detalle de lo que ocurría.

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