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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 619

Beatriz despertó de mal humor esa mañana.

Rubén, que rara vez se saltaba su rutina de ejercicio, tampoco había ido a correr. Se quedó recargado en la cabecera de la cama, pensando en cómo arreglar la situación.

Justo cuando se disponía a levantarse, vio a Beatriz salir del baño, presionando una servilleta contra la sien.

—¿Qué pasó? ¿Te lastimaste?

Beatriz ni siquiera se dignó a responderle. Marcó la extensión para pedirle a Valeria que subiera unas curitas, y antes de colgar, le recalcó que fueran de las que apenas se notan.

Luego, sin decir nada más, Beatriz se metió directo al baño otra vez.

—Bea, ¿qué te pasó en la cara? Déjame ver.

Pero ella no se inmutó ante Rubén.

Él, resignado, se acercó a su lado y, con paciencia, le apartó la mano. Al hacerlo, descubrió una cortada no muy larga en la sien.

Si se dejaba el fleco suelto, la herida quedaba perfectamente oculta.

—¿Cuándo te lastimaste?

—Ayer —respondió ella, cortante.

Rubén frunció el ceño, visiblemente preocupado.

—¿Por qué no me dijiste nada anoche?

Beatriz retiró el brazo de su mano.

—Tú solo estabas ocupado discutiendo conmigo, ¿o ya se te olvidó? Ni tiempo para pensar en esto.

—Aunque me lo hubieras dicho, dudo que me hubieras hecho caso —añadió, con un dejo de reproche.

—No digas tonterías —replicó Rubén, endureciendo la voz, a punto de perder la paciencia.

Los ojos de Beatriz, empañados, se clavaron en él, con una mezcla de reclamo y tristeza.

—¿Ya vas a empezar a regañarme otra vez?

Rubén se quedó callado unos segundos, bajando la mirada.

—No es eso.

—Solo me preocupo por ti.

Apenas terminó de explicarse, Valeria entró con las curitas. Beatriz abrió el cajón, sacó unas tijeras y recortó los extremos del curita para hacerlo más discreto. Se lo pegó con cuidado sobre la herida, volvió a dejarse caer el fleco y así, la cortada desapareció de la vista.

La forma en que se atendió la herida, con tanto cuidado y en silencio, conmovió a Rubén.

Sin perder el ritmo, Beatriz siguió con su rutina de cuidado de piel y maquillaje, esquivando la herida con movimientos precisos y cuidadosos.

Rubén, de pie a su lado, notó que ella no quería hablar más. Se fue del cuarto con el ceño aún más marcado.

Andrés, ya con la información, llamó de regreso a Mario para reportar.

—El señor dice que quiere que vayas tú, Liam.

Andrés suspiró hondo, resignado a que los regaños lloverían sobre él también, y a la fuerza jaló a Liam fuera de la cama.

Mientras se lavaba la cara y los dientes, Liam no paraba de quejarse.

—Estos ricos... De puro coraje, ¡malditos capitalistas! Ni siquiera ha empezado el horario de trabajo y ya me traen de un lado a otro, ¿o sea que no tengo derecho a dormir? Segurito la señorita lo traía de malas y como no tiene a quién gritarle, pues me toca a mí. Nací para ser el chivo expiatorio.

De malas, aventó el cepillo de dientes al vaso con fuerza.

Andrés, como pollito asustado, solo lo veía en silencio.

Al llegar al salón principal, Liam se metió por el jardín trasero.

Rubén estaba de pie junto a una ventana, mirando hacia el horizonte. Al notar la presencia de Liam, ni siquiera volteó ni dijo palabra.

Liam, curioso, miró sobre el hombro de Rubén y se entretuvo un momento viendo a dos gatitos jugando en el césped.

Las bolitas de pelos rodaban y se perseguían entre sí, empapadas por el rocío matutino. Sus pelajes se veían divididos en mechones desordenados, dándoles un aire simpático y divertido.

En ese instante, la voz de Rubén rompió el silencio.

—Liam...

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