El señor Tamez tenía un control tremendo sobre todo.
Eso se notaba desde el momento en que puso a Andrés junto a Beatriz.
Pero a fin de cuentas, Andrés había llegado después, y no le resultaba tan útil como Liam, que llevaba ocho años a su lado. Por eso, la mayoría del tiempo era él quien estaba cerca de Beatriz.
Liam le era fiel a Beatriz y no le reportaba todo al señor Tamez.
Ayer, cuando Regina lastimó a Beatriz, Liam no le avisó al señor Tamez. Y hoy en la mañana, cuando lo llamó con tanta prisa, en realidad fue para exigirle cuentas.
Sin embargo, con Beatriz en medio, no se atrevió a decir nada.
Por eso soltó ese comentario, como al aire, pero con una intención clara: "Ya casi ocho años, ¿eh?"
No lo dijo como una queja, sino pensando en voz alta.
Estaba considerando la posibilidad de echarlo, preguntándose si hacerlo sería viable y si tomar esa decisión afectaría la relación de pareja entre ellos.
De ahí vino aquella explicación en la Universidad de Solsepia sobre la clase de finanzas.
¿Esperaba que renunciara solo?
Liam sintió dolor de cabeza y se frotó la sien.
Ese hombre, siempre tan calculador.
—¿Qué te pasa? Hasta me asustas, ¿te ocurrió algo? Dímelo, anda —insistió una voz.
Liam alzó la mirada y vio a Andrés sentado al frente, con cara de preocupación. Solo pudo suspirar.
—No sabría cómo explicártelo —respondió apesadumbrado.
A veces, Andrés sí que parecía despistado.
...
Por la mañana, Liam llevó a Beatriz en carro hasta la oficina.
Durante todo el día, estuvo distraído, con la mente dando vueltas a lo que Rubén le había insinuado.
—¡Liam! —La voz de Beatriz lo sacó de golpe de sus pensamientos.
Se puso de pie de inmediato y entró al despacho.
—¿Qué pasa, señorita?
—Acércate —le pidió ella.
Liam se acercó hasta el escritorio, esperando instrucciones.
Beatriz lo miró de frente.
—¿En qué piensas? ¿Te pasó algo hoy?
—No, nada... —Se contuvo, sabiendo que si decía la verdad, sólo metería cizaña.
Al final, seguían siendo pareja.
—¿De verdad no pasa nada? —Beatriz no le creyó ni tantito.
Liam negó con seriedad.
—De verdad, nada.
Beatriz se detuvo a un lado, escuchando en silencio.
Cuando decidió avanzar hacia la habitación, justo al empujar la puerta vio a Carlota de pie junto a la cama, hablando con la anciana.
La abuela Susana tenía el rostro pálido, se veía desmejorada, casi irreconocible.
Nada que ver con la mujer altanera y dominante que fue en su juventud.
¿Quién habría imaginado que esa señora postrada era la misma que antes imponía su voluntad sobre todos?
Beatriz dibujó una leve sonrisa y entró.
Las dos mujeres voltearon al instante.
—¿Qué casualidad encontrarte aquí? —comentó Beatriz, mirando a Carlota.
Al escucharla, Carlota dirigió la mirada a la abuela.
—Vendré de nuevo en unos días.
Cuando intentó salir, Liam, alto y firme, se paró en la puerta impidiéndole el paso.
Carlota se giró hacia Beatriz.
—¿Qué intentas?
Beatriz sonrió con tranquilidad.
—¿Tú qué crees? ¿Para qué vine?
—Beatriz, no tengo tiempo para tus jueguitos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina