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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 634

Los dedos largos y delicados de Beatriz recorrían lentamente la ancha espalda de Rubén, acariciándolo, tratando de calmarlo.

—De ahora en adelante, vamos a vivir tranquilos, ¿sí? No hablemos de gente que no vale la pena, ¿te parece?

—Todo eso ya quedó atrás. Entre Ismael y yo nunca más va a pasar nada. Aunque tengamos que vernos, será solo porque quiero hundirlo, no por amor ni porque quiera volver a lo de antes.

Al decir esto, Beatriz guardaba un poco de egoísmo en el corazón.

No podía evitar que en su mente resonara la advertencia de Liam: “Si el señor Tamez se entera...”

Sabía que todavía necesitaba la ayuda de Ismael para deshacerse de Carlota, así que era inevitable que se cruzaran de nuevo.

No quería que, en el futuro, Rubén y ella terminaran peleando por culpa de Ismael.

...

Al amanecer, Beatriz salió de casa acompañada de Valeria y Rubén.

En el maletero del carro llevaban papel amarillo, lingotes dorados de papel y algunas viandas, junto con botellas de vino y platos para la ofrenda.

Después de mudar la tumba, había trasladado los restos de sus padres al cementerio de la zona oeste, que quedaba más lejos de la villa de la Montaña Esmeralda.

Llegaron justo cuando daban las nueve. El sol pegaba fuerte, colándose entre los cipreses del lugar y bañando la lápida con un rayo solitario, que la hacía ver aún más sola y lejana.

Beatriz se agachó para arrancar las hierbas secas que crecían al pie de la piedra. Valeria sacó las cosas que llevaba y, tras acomodarlas junto a la tumba, se unió a limpiar.

Poco después, Rubén la tomó de la muñeca y la ayudó a incorporarse para relevarla en el trabajo.

—Déjame a mí —dijo Rubén, sorprendiéndola. Nunca lo había visto ensuciarse las manos con algo así.

Sin detenerse, Rubén agregó con voz grave:

—No pasa nada. Tú encárgate de quemar el papel.

Aunque vivían lejos de sus raíces, Beatriz seguía fiel a la forma en que su familia rendía homenaje a los que ya no estaban. Acomodó las flores, sirvió el vino, colocó la corona y prendió fuego al papel amarillo, todo como si lo hubiera hecho mil veces.

Cuando terminaron de limpiar las hierbas secas alrededor de la tumba, Rubén las juntó y las llevó hasta el bote de basura más cercano.

Desde lejos, vio que Beatriz se había quedado agachada frente a la lápida, acariciando la foto de sus padres y hablando bajito.

Sin decir más, Rubén se arrodilló, sacó tres cigarros y los prendió, colocándolos cuidadosamente sobre el escalón de la tumba. Después abrió la botella y vertió un poco de vino frente a la lápida.

Su voz, tranquila pero firme, llenó el aire con promesas:

—Señor, señora, pueden estar tranquilos. Yo voy a cuidar de Beatriz. No dejaré que sufra, que tenga miedo, ni que le falte nada. Haré todo lo que esté en mis manos para que tenga una vida en paz.

—Prometo protegerla con mi vida si es necesario. Aunque me toque pasar por las peores pruebas, nunca me voy a arrepentir.

El aroma del vino se mezcló con el viento y se perdió entre los árboles.

Valeria, con los ojos rojos, se dio la vuelta y se secó las lágrimas.

Las personas no son iguales, pensó. Hay quienes solo buscan destruir y profanar lo ajeno. Otros, en cambio, se arrodillan de corazón y juran lealtad.

En este mundo donde el bien y el mal se mezclan y es difícil saber quién es quién, algunos sonríen mientras preparan una traición, otros, callados, están dispuestos a darlo todo por proteger a quienes aman.

Mi Bea, pensó Valeria, al fin lo lograste.

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