Esto ya no era cuestión de renunciar sin pedir disculpas. Todos los altos ejecutivos de la empresa habían firmado un acuerdo antes de entrar: si hacían algo que dañara la reputación de la compañía, estarían violando ese contrato y tendrían que indemnizar.
Y la indemnización… la cantidad podía variar mucho.
En la sala de juntas principal, Miguel, al frente, intentaba convencer a Regina.
Sus palabras giraban alrededor de lo mismo: esto era por el bien de la empresa, y también por el bien de ella.
Beatriz estaba sentada al final de la mesa, en silencio, pero ni así lograba esquivar las miradas fulminantes de Regina.
Pasó un momento y entró Iris. Se acercó y le susurró algo al oído.
La expresión de Beatriz se endureció apenas un poco. Bajó la mirada y, con un gesto de los dedos, le indicó a Iris que se retirara.
—Beatriz, de verdad me cuesta no pensar que todo esto es obra tuya —soltó de repente Regina, interrumpiendo el murmullo de la sala.
Beatriz apoyó el codo en la mesa, la mano sosteniendo la cara, relajada.
Sus cejas ni se inmutaron ante la acusación de Regina, y hasta sonrió antes de responder:
—¿Acaso fui yo quien te mandó a golpear a la gente?
—Señora Gómez, después de tanto tiempo como líder, ¿no sabe ya que a los jóvenes de ahora no se les puede manejar igual? —le soltó con tono burlón—. De cada cien, noventa y nueve te van a salir contestones. Los tiempos ya cambiaron. ¿De verdad cree que alguien va a aguantarle sus órdenes por un sueldo miserable de unos cuantos miles? Señora Gómez, ¿acaso el progreso se olvidó de usted?
Las palabras de Beatriz no dejaban espacio para el disimulo.
Iris entró de nuevo, esta vez con un folder que entregó a Beatriz.
Beatriz lo tomó y, deslizándolo por la mesa, lo dejó justo frente a Regina.
—Señora Gómez, los de auditoría encontraron que de abril a julio usted salió de la empresa con ochocientos millones de pesos para invertir. ¿No cree que debe darle una explicación a los miembros del consejo?
—¡Pum!—
El sonido del folder al caer hizo que la sala se sumiera en un silencio helado. Todas las miradas se clavaron en Regina, llenas de juicio, esperando su respuesta.
Regina, en cambio, se mantuvo impasible:
—Ya lo dijiste, fue para invertir.
—Ya que todos los directivos están aquí, mejor aclaremos todo de una vez.
Esas palabras pesaron en el ambiente.
Si no se resolvía en ese momento, en el informe anual saldría todo a la luz, y Beatriz dejaba claro que no pensaba cargar con culpas ajenas. Si ahora no la dejaban intervenir, luego, en la evaluación de fin de año, no podían exigirle cuentas.
¿No sería absurdo?
Por un momento, los miembros del consejo intercambiaron miradas, cada uno calculando cómo proteger sus propios intereses. Esos ochocientos millones de pesos perdidos en inversiones iban a afectar a varios departamentos, y eso repercutiría en el desempeño general de la empresa.
Y, por supuesto, en los bolsillos de los accionistas.
En un instante, la sala se volvió tan gélida como una nevera.
Iris entró de nuevo, captando la tensión. Dudó un poco, pero al final habló:
—Señorita Mariscal, el señor Tamez de Capital Futuro está aquí. Dice que quiere verla.

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