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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 660

—Voy contigo —dijo Beatriz, avergonzada.

Por suerte, Joaquín no se había lastimado, solo se había asustado al caer. Beatriz, fiel a su principio de que el dinero habla más que las palabras, tomó la tarjeta de Rubén y le transfirió dos millones de pesos.

Joaquín se quedó tan sorprendido por el gesto tan directo de Beatriz que no supo ni qué día era.

No fue hasta que Rubén le dijo «¿te comieron la lengua los ratones?» que volvió en sí.

—Gracias, tía.

Beatriz sonrió, apenada.

—Dale las gracias a tu tío, es su dinero.

***

A las once, los dos estaban acostados.

Apenas Rubén se metió en la cama, antes de que pudiera extender el brazo, Beatriz se giró y rodó hasta su lado.

Se acurrucó en su pecho y deslizó su brazo delgado por debajo de su pijama de seda, rodeándole la cintura.

Al sentir su calor, Beatriz suspiró de gusto.

Parecía que a él no le gustaban mucho los pijamas de algodón.

Nunca había visto uno en su armario, ni lo había visto usar uno.

Todo lo contrario a sus gustos.

Rubén había crecido en un ambiente de lujo desde niño, y sus estándares de vida eran extremadamente altos.

Aunque Mario parecía ser el responsable de todo en la Villa de la Montaña Esmeralda, cada detalle reflejaba el gusto del dueño de la casa.

Los vasos en los que bebía agua eran exquisitos.

Tenía tazas de porcelana especiales para el té.

Incluso el aroma a sándalo de su estudio lo había elegido él personalmente.

Y lo mismo ocurría con las joyas de su armario.

Beatriz hundió el rostro en su pecho y se frotó contra él.

Rubén la abrazó, acariciándole el cabello con la punta de los dedos.

—Transferirle dinero a Joaquín fue como dárselo a Vanesa.

Beatriz levantó la cabeza de su pecho.

—¿De verdad?

—Sí, tanto Sebastián Tamez como Joaquín la consienten mucho.

—Qué bien —susurró—. Qué bien tener hermanos.

Si de niña hubiera tenido a algún familiar a su lado, no habría terminado así…

—¿Así cómo?

—Tú… —Beatriz se sonrojó hasta las orejas.

Se apoyó en su pecho para intentar sentarse.

Casi al instante, contuvo el aliento y volvió a dejarse caer. Su cuerpo entero se estremeció.

El señor Tamez rio aún más fuerte.

—Mi amor, dicen por ahí que los hombres después de los veinticinco solo sirven para platicar. Yo todavía puedo con esto, deberías alegrarte.

Los largos dedos del hombre le apartaron un mechón de cabello de la frente y se lo colocaron detrás de la oreja.

Beatriz, sonrojada, apartó la cara.

Sabía muy bien que esa noche no había escapatoria…

En mitad de la noche, le suplicó que parara.

Después de unas cuatro veces, Rubén por fin la dejó en paz.

Mientras se quedaba dormida, entre sueños, lo escuchó susurrarle al oído:

—Para el puente de la Independencia tenemos que volver a Maristela.

***

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