—Señorita, ¿hoy también preparo comida de Nublario?
—No, ya no —respondió Beatriz. Se había levantado temprano, se había vestido y ya estaba abajo.
Después de varios días de descanso, Rubén había vuelto a su rutina de ejercicio.
Cuando él bajó, ella todavía estaba corriendo en el jardín.
Beatriz se sentó a la mesa y pidió un café.
Valeria conversaba con ella.
—Lleva varios días comiéndola, pensé que le gustaba, señorita.
—No me gusta, solo era para un encargo.
—¿Para quién? —preguntó Rubén, que acababa de entrar al comedor secándose el sudor con una toalla que Mario le había entregado.
—Para la esposa de un socio. —Beatriz inventó una excusa. Si él se enteraba de que había estado comiendo comida de Nublario solo para encontrar la inspiración y enviársela a Cristian, se pondría celoso.
—¿Por qué no te vas a bañar primero? ¿Y Quino? ¿No estaba contigo?
—Es más lento. —Rubén no insistió en las evasivas de Beatriz.
Aunque notó que ocultaba algo.
Prefirió no indagar.
¿Era porque no quería?
No, era porque no se atrevía.
Apenas se habían reconciliado. Si Beatriz volvía a alejarse o a ignorarlo por su afán de control, el dolor sería insoportable.
***
A finales de octubre, la reestructuración de personal en el Grupo Mariscal ya estaba a más de la mitad.
El equipo de auditoría se estaba retirando lentamente.
Ese día, apenas Beatriz llegó a la empresa por la mañana, apareció Natalia.
Iris, de pie en la entrada, la miró con cierta incomodidad.
Beatriz se rio.
—Acabo de llegar y ya está aquí. ¡Parece que tiene un soplón en la secretaría!
—Iris, ¿no es esto una falla en tu trabajo?
Iris empezó a sudar frío.
No se atrevió a decir nada.
Antes de hablar, Beatriz incluso había buscado en Google Maps la distancia en carro desde la casa de Natalia hasta la empresa: cuarenta minutos, cuarenta minutos exactos.
Y Beatriz llevaba cuarenta y tres minutos en su oficina, tiempo en el que incluso se había preparado un café.
El corazón de Iris latía con fuerza. Era obvio que alguien le había avisado a Natalia en cuanto Beatriz puso un pie en la oficina; de lo contrario, no podría haber llegado tan puntualmente.
—Lo siento, me encargaré de encontrar al responsable.
Beatriz miró a Natalia con desagrado.
—Llévala a la sala de juntas.
A las diez y media de la mañana, después de despedir a Gaspar, Beatriz fue a la sala de juntas.
Allí, Natalia esperaba impaciente.
Hace unos días, su hijo se había metido en problemas en Maristela y se lo habían llevado.
Había buscado ayuda por todas partes sin éxito.
Cuando ya no sabía qué más hacer, alguien le sugirió que contactara a Beatriz.
Le dijeron que Beatriz tenía una buena relación con Rubén de Capital Futuro, y que la familia Tamez era una de las ocho familias más importantes de Maristela. Sacar a alguien de un apuro sería fácil para ellos.
Durante varios días, había ido a buscarla, pero nunca la encontró.
Hasta hoy…
La puerta de la sala de juntas se abrió. Natalia se giró bruscamente y, al ver quién era, se acercó con ansiedad.
—Señorita Beatriz…
Beatriz no tenía ninguna relación con Natalia; de hecho, en la junta de accionistas habían tenido sus roces.
Al verla acercarse, Beatriz retrocedió instintivamente un par de pasos para evitar el contacto.
—¿Natalia?
Natalia se detuvo en seco, un poco avergonzada.
—Señorita Mariscal, disculpe.
Beatriz no siguió la conversación y se sentó en el sofá de enfrente.
Iris lo pensó un momento antes de responder.
—Varios directores de la empresa parecen estar de su lado, pero siempre existe la posibilidad de que cambien de opinión. Ya que Natalia le está pidiendo un favor, mi sugerencia sería negociar con ella para que le ceda una parte de sus acciones.
—Así tendría más poder.
Beatriz asintió.
—Es una buena idea, pero no ahora.
—No podemos adelantarnos a los hechos. —Todavía no se sabía cuál era la situación del hijo de Natalia en Maristela. Si no era grave, probablemente Natalia no cedería sus acciones tan fácilmente, y aunque lo hiciera, encontraría la manera de complicar las cosas.
Pero si la situación era grave, ¿y si le rogaba de rodillas?
Entonces, la historia sería diferente.
Beatriz no le dio más vueltas al asunto.
Al terminar de trabajar, justo cuando se preparaba para irse, llamó a Liam para que la acompañara.
Llegó a la secretaría y lo encontró aprendiendo a maquetar un documento.
Sintió una frustración que le dio ganas de arrancarse el pelo.
Golpeó el marco de la puerta. Liam levantó la vista y vio a Beatriz de pie en la entrada, observándolo en silencio.
—Vete tú primero.
—¿Y cómo me voy a ir?
—¡Pues en el carro! —respondió Liam.
Beatriz se quedó sin palabras. Hacía siglos que no manejaba. Desde su lesión en la pierna, las veces que había conducido se podían contar con los dedos de una mano. ¿Iba a manejar sola esa camioneta tan grande hasta su casa?
—O si no, señorita, ¿por qué no le pide a Andrés que venga por usted?
—Hoy ya terminé de trabajar.
Liam miró la pantalla de su computadora.
—Pero…
Beatriz lo interrumpió con impaciencia.
—Tengo prisa.
***

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina