Se inclinó hacia adelante y se paró frente a Beatriz.
La llamó por su nombre con voz entrecortada y temblorosa.
—Bea…
—Lo siento, no quise lastimarte.
Con mucho cuidado, le soltó la mano y trató de abrazarla.
Beatriz no se movió. Ni se resistió, ni lo aceptó.
Incluso pensó que no había necesidad de que Rubén se pusiera así.
Justo cuando iba a levantar la mano para apartarlo, sintió una lágrima caliente resbalar por su cuello y meterse bajo el suéter de cuello bajo.
El calor le oprimió el pecho.
La mano que había levantado para empujarlo se quedó suspendida en el aire.
Él, como un niño desamparado, susurró:
—¿Qué hago?
—¿Qué se supone que haga?
—Soy autoritario, posesivo, lo sé. Pero he sido así toda mi vida. Te entiendo, te apoyo y acepto tu plan de venganza, pero no soporto que la poca atención y miradas que me das se las dediques a otros. Quiero cambiar, pero no puedo deshacerme de la noche a la mañana de un defecto que he tenido por décadas.
—Bea, ¿qué hago?
—Dime qué hago.
Ambos eran demasiado crueles.
Uno intentaba a la fuerza que el otro cambiara, y el otro, a la fuerza, que el otro cediera.
Pero al final, no hacían más que debatirse en el dolor.
Rubén tenía razón. Había sido así toda su vida, no podía cambiar de un día para otro.
¿Y Beatriz?
Ella insistía en que cambiara.
Era como obligarlo a comer algo que no le gustaba o a hacer algo que odiaba.
Pero, ¿y si no cambiaba?
¿Qué haría ella?
Conforme su amor se hacía más profundo, su necesidad de control aumentaba. ¿Qué libertad le quedaría?


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina