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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 801

Entró al estudio, sacó un expediente de la caja fuerte, lo metió en su bolso y se preparó para salir.

Justo cuando bajaba las escaleras, Vanesa corrió hacia ella, mirándola con la devoción de un perrito faldero.

—Cuñada, ¿puedo ir contigo?

»¡Estoy tan aburrida en casa!.

Desde que Beatriz se había embarazado, su única tarea diaria era hacerle compañía.

En realidad, todo había sido idea de Rubén. Él sabía que se preocupaba demasiado por Beatriz, y en esta vida, nadie escapa a la máxima de que la preocupación nubla el juicio. Para no incomodarla, lo mejor era mantenerse a una distancia prudente.

Así que se había volcado en el trabajo.

Pero dejar a Beatriz sola en casa lo inquietaba, y de ahí surgió el arreglo con Vanesa.

Beatriz entendía la situación, pero no decía nada.

Cada uno cedía un poco para mantener la paz.

Si ella se excedía en sus exigencias, su vida con Rubén se volvería insostenible.

Pero hoy, su misión era poner en su lugar a Carlota, y no era apropiado llevar compañía.

—¿Otro día? Hoy no se puede.

Vanesa parpadeó, con una expresión de niña buena, intentando salirse con la suya a base de ternura.

Beatriz le sonrió y le acarició la cabeza.

—De verdad tengo algo importante que hacer.

—Bueno, está bien. Cuñada, si necesitas algo, llámame de inmediato —le dijo, o de lo contrario no sabría cómo rendirle cuentas a su tío.

—¡Claro!

Ese día, Andrés pasó primero por la empresa para recoger a Liam antes de dirigirse a la residencia de Carlota.

Era un edificio de apartamentos de lujo con un personal de seguridad muy profesional.

Al principio no los dejaban pasar, pero Liam tenía sus mañas. No había nada que un par de billetes y unas palabras amables no pudieran solucionar.

Volvió a subir al carro y le hizo una seña a Andrés para que avanzara.

—Estuve leyendo un libro el otro día y aprendí una palabra que te queda como anillo al dedo —dijo Andrés mientras sujetaba el volante.

—¿Cuál?

—Todólogo…

De esa propiedad multimillonaria, un tercio sería donado al Grupo Mariscal, un tercio sería para Carlota y el tercio restante para su “hijo” ilegítimo.

¿Por qué lo hacía?

La respuesta era obvia.

Si le dejaba todo a Carlota, ella no le daría ni un centavo a Claudia y a su hijo. Si lo donaba todo al Grupo Mariscal, Carlota se quedaría en la ruina.

Así que eligió esa solución imperfecta.

Una forma de asegurar que Carlota pudiera mantenerse sin dejar a Claudia y a su hijo con las manos vacías.

Y para garantizar que el proceso fuera justo e imparcial, necesitaba que un tercero supervisara. Y pensar que la había elegido a ella como ese tercero.

¡Qué interesante!

¡Qué lealtad!

Realmente, una lealtad conmovedora.

—¿No me crees? Puedes preguntarle al abogado de tu padre.

»Carlota, ¿aún no lo entiendes? La razón por la que me dio este documento es porque sabía que no le darías ni un peso a ese bastardo.

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