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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 821

—Tiene talento, yo solo le di un empujoncito.

Parece que ni Rubén se lo esperaba; Luciana, que por lo general era un desastre, resultaba ser bastante responsable en el trabajo.

Las veces anteriores que había ido a su instituto de investigación a platicar con el director, cuando salía el tema de Luciana, él siempre hablaba de ella con un dejo de lástima.

Básicamente, le decía que si su tutor no hubiera hecho aquella tontería, ella ya habría despegado en el mundo de la investigación.

Siendo así, y ya que de todos modos había invertido dinero ahí, ¿por qué no echarle una mano?

Beatriz siempre había entendido a los hombres de negocios, y uno de la talla de Rubén, a pesar del lazo familiar, no se molestaría en ayudar a alguien que fuera un caso perdido.

—Gracias.

Los dedos del señor Tamez, que rozaban las puntas de su cabello, descendieron lentamente mientras decía con ligereza:

—Siempre eres demasiado formal conmigo.

Antes de que Beatriz pudiera responder, Rubén añadió:

—Este fin de semana es la cena por el ascenso de mi hermano. Tenemos que volver a Maristela.

—¿Lo ascendieron?

—Sí.

—Qué rápido —comentó Beatriz.

¿Cuánto tiempo había pasado? Ella pensó que el asunto se demoraría, pero no esperaba que se resolviera de forma tan expedita.

—En este mundo, todo cambia en un abrir y cerrar de ojos. Cuando tienes una oportunidad, debes actuar con decisión. Un día más de retraso puede cambiarlo todo.

Beatriz asintió.

***

Se acercaba la temporada de fiestas y la temperatura en Solsepia descendía gradualmente. Beatriz salía todos los días muy bien abrigada.

El viernes, salió de la oficina directo al aeropuerto.

Dentro del Bentley negro, la calefacción estaba encendida, y el calor hizo que la espalda de Beatriz se cubriera de una fina capa de sudor.

Se irguió y se quitó el abrigo.

El señor Tamez la ayudó a sacar las mangas y le recordó:

—Póntelo de nuevo antes de bajar del carro.

—Sí.

—¿Si supieras que voy a vomitar después de comerlo, me dejarías hacerlo?

Eso lo calló. Se quedó completamente sin argumentos.

Apoyando la cabeza en la mano, la miró e hizo la última concesión:

—Una vez al día, no más. Si no es por el bebé, al menos piensa en ti.

Beatriz respondió dócilmente que estaba bien. Y con eso, zanjaron el asunto.

Dentro del carro, el espacio era reducido y la calefacción creaba un ambiente sofocante.

Beatriz se arremangó las mangas del suéter, dejando al descubierto sus pálidos antebrazos.

Luego se apartó el cabello que se le pegaba a la nuca.

—¿Tienes calor?

—Sí, ¿puedes bajarle al aire?

—Ya casi llegamos, faltan cinco minutos. —Beatriz conocía a Rubén; cuando no aceptaba algo de inmediato, era una negativa.

Beatriz apoyó la frente contra la ventanilla para refrescarse. Su largo cabello caía a un costado, y con la estática del invierno, se adhería a su suéter, dándole un aire lánguido y un poco resentido.

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