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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 850

Para muchos, a la segunda rama de la familia Tamez no le iba nada mal. Eugenio era decano de una universidad y, con el respaldo de un apellido tan poderoso, era una figura respetada. Cualquiera que quisiera meterse con él, primero tenía que pensar en su hermano mayor.

Si se hubieran mantenido dóciles y conformes, la relación podría haber sido armoniosa. Pero no se contentaban con su lugar.

La comparación entre los dos hermanos era inevitable, y donde hay comparación, nacen las rencillas.

Eugenio era un intelectual puro, un académico de mente cerrada que creía que sus logros eran fruto exclusivo de sus años de estudio. Le molestaba que, al presentarse en sociedad, la gente viera primero a su hermano y no su erudición. Sentía que su talento era eclipsado a la fuerza. Lo que comenzó como un distanciamiento, con el tiempo se convirtió en una abierta hostilidad.

Luna, a veces, no entendía qué mosca les había picado a su cuñado y a su esposa. Si querían ser dignos, ¿por qué recurrían a artimañas tan sucias contra ellos? Y si no tenían escrúpulos, ¿por qué se daban aires de superioridad moral en público?

La tetera en el salón hervía, y el vapor se elevaba hasta desaparecer. La luz amarillenta del candelabro caía sobre la escena.

Ese día, el cielo de Maristela estaba cubierto, con una lluvia que amenazaba con caer pero no terminaba de decidirse, creando un ambiente pesado y deprimente.

La pareja se sentó frente a ella, en silencio. Luna, por supuesto, no iba a ser la primera en buscarse un dolor de cabeza. Con toda la calma del mundo, levantó la tetera y sirvió el té. Deslizó una taza de porcelana blanca frente a Eugenio, quien le agradeció, rompiendo por fin el silencio del salón.

—Por lo de anoche, nos deben una explicación.

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