—Funcionó de maravilla, cayó redondito en el anzuelo.
Alejandro jugaba con un encendedor, haciéndolo sonar.
Sentado en el sofá con las piernas cruzadas, un hombre sostenía un cigarro entre los labios, sin decidirse a encenderlo.
Fumaba mucho y no tenía intención de dejarlo.
Aun así, en presencia de una mujer embarazada, se contenía.
—Y yo que pensaba que al menos sopesaría los pros y los contras.
—Dicen que recibió una llamada. ¿Quién lo habrá provocado?
Rubén tomó una naranja del frutero y la rodó en la palma de su mano.
—Su padre.
No era difícil de adivinar.
Cuando Dafne y Eugenio se fueron de su casa, era inevitable que discutieran.
Y el origen de la discusión, sin duda, sería Thiago.
Cuando una pareja pelea a muerte por un hijo, lo lógico es que contacten al implicado, ya sea para que vuelva a casa a recibir un regaño o, en el peor de los casos, una paliza.
—¿Cómo pudiste adivinarlo?
Rubén envolvió la naranja en una servilleta y comenzó a pelarla siguiendo las líneas de la fruta. Eran naranjas fáciles de pelar, y últimamente, el gusto de Beatriz había cambiado de picante a ácido, por lo que él se había vuelto un experto en pelar mandarinas y naranjas.
—No era difícil —dijo, dejando la cáscara sobre la mesa—. ¿Ya organizaron todo? Que no sea demasiado obvio.
Erick se rio.
—¿Desde cuándo te preocupas por cómo hago las cosas?
Dicho esto, le extendió la mano a Rubén.
—Dame la mitad.
Rubén lo miró con frialdad.
—¿Qué? ¿Tú también estás embarazado?
La carcajada de Maurino no pasó desapercibida, y Erick le dio una patada.
Rubén tomó la naranja pelada y fue al mirador para dársela a Beatriz.
El hipódromo era un clamor de voces. Jinetes y caballos estaban en sus puestos. Beatriz tomó la naranja, pero no tenía mucho apetito.
Miró a Rubén con ojos suplicantes.
—Come un poco, para la vitamina C —la animó el señor Tamez.
Miranda, al ver la escena, chasqueó la lengua.
—¡Qué detallista es el señor Tamez!
—¿Acaso el señor Velasco no te cuidó cuando estabas embarazada?
Miranda, con la intención de molestarlo, respondió:
—No es lo mismo ser padre primerizo de joven que tener un hijo a una edad avanzada.
¡Cof, cof!
Beatriz acababa de llevarse un gajo de naranja a la boca cuando la frase de Miranda la dejó tan sorprendida que se atragantó. Se cubrió la boca y tosió sin parar.
Rubén la rodeó con el brazo y le dio unas palmaditas en la espalda.
Miranda, muy considerada, entró y le trajo una caja de pañuelos.
Unos instantes después, la tos de Beatriz cesó.
Todos estaban en el mirador observando la pista. Rubén le apretó suavemente la cintura para que siguiera su mirada.
—El del puesto número tres es el hijo menor de mi tío, Thiago.
—¿Es el que mamá…?
Justo ese día, Beatriz había oído a Luna hablar de Thiago, diciendo que era un bueno para nada, que solo sabía de fiestas y que incluso tenía las manos manchadas de sangre.
—Sí…
—¿Qué hace él aquí?
—A los apostadores les gusta jugárselo todo a una carta, y él no es la excepción.
Las carreras de caballos eran peligrosas. Todos los participantes debían firmar un deslinde de responsabilidades. Si Thiago se atrevía a correr, debía estar preparado para las consecuencias.
Beatriz intuyó algo.
—El espectáculo del que hablabas hoy… ¿era él?
—Sí —respondió Rubén, bajando la mirada para observarla. Estaba a punto de preguntar algo cuando un disparo resonó en la pista, haciendo que Beatriz se sobresaltara.
Casi por instinto, se llevó las manos al vientre.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina