—En estos días.
Liam tampoco estaba seguro de la fecha exacta.
—¿Vamos a comer o pedimos algo a domicilio?
—Lo que sea, me da igual.
Ese mediodía, Luciana eligió un restaurante de comida italiana. Estacionaron en el centro comercial, subieron al segundo piso y encontraron una mesa junto a la ventana.
Después de ordenar, Luciana, con la barbilla apoyada en la mano, se puso a chismear con Liam.
De reojo, mientras miraba a su alrededor, vio una figura familiar.
Ireneo, vestido con ropa deportiva, estaba de pie en la entrada. Su cabello caía desordenado sobre su frente, como si acabara de terminar de jugar un partido.
Liam siguió la mirada de Luciana y, al ver a Ireneo, exclamó en voz baja:
—¡Mira, tu amigo con derechos!
Luciana le lanzó una mirada fulminante.
—No digas tonterías.
¿Acaso sabía lo difícil que era encontrar un buen amigo con derechos en estos tiempos? Si decía algo inapropiado y Ireneo lo oía, y luego ya no podía acostarse con él, se pondría muy triste.
Luciana esbozó una sonrisa y saludó a Ireneo con la mano, sin reparos.
—¡Señor Urbina, qué coincidencia!
Ireneo soltó una risa fría. ¿Coincidencia? Vaya que sí.
Se acercó y miró a Liam.
—Decías que tenías algo que hacer, ¿y era venir a comer con Liam?
Luciana tardó un segundo en reaccionar.
—Ah, esto… es que fui a recogerlo al aeropuerto y luego vinimos a comer.
—¿Quieres acompañarnos?
Ireneo la observó. Cuando se fue de su casa, llevaba un suéter negro de cuello alto y el cabello suelto sobre los hombros. Ahora, se había cambiado a un suéter de punto con cuello en V y se había recogido el pelo en un moño, dejando al descubierto su cuello blanco. Se veía hermosa, seductora. Su cuello pálido despertaba el deseo de morderlo.
«La próxima vez», pensó. «La próxima vez le morderé el cuello hasta dejarle marca…»



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina