¿Señor Urbina, le ofrezco algo de beber?
—Lo que sea.
Liam sacó una botella de agua del refrigerador y se la dio.
Ireneo la tomó y miró los recipientes de comida en la mesa.
—¿Esto es lo que comes?
Liam no supo qué decir.
—Señor Urbina, su preocupación por mí me asusta un poco. Antes que nada, quiero dejar claro que mis preferencias son bastante convencionales.
Ireneo lo miró con fastidio.
—¿En qué estás pensando? ¿Acaso parezco gay?
Liam parpadeó, sin responder.
Al ver su silencio, Ireneo se irritó aún más. Normalmente, era un parlanchín, ¿por qué hoy estaba tan callado?
—¿A qué hora te separaste de Luciana?
—Justo después de comer.
—¿Te dijo a dónde iba?
—Sí —respondió Liam.
—¿A dónde?
—Se me olvidó.
Ireneo se quedó sin palabras.
Liam lo miró con extrañeza.
—Oiga, señor Urbina, ¿desde cuándo se preocupa tanto por Luciana? ¿Cuándo se hicieron tan amigos?
—Somos amigos, ¿no puedo preocuparme por ella? —replicó Ireneo.
—¡Claro que sí! —Liam se encogió de hombros—. Yo no he dicho que no. ¿Por qué se pone tan a la defensiva?
Ireneo sintió que se ahogaba de la frustración.
—Llámala y pregúntale dónde está.
—Claro, cien mil pesos.
—¿Cuánto? —preguntó Ireneo, sorprendido.
—Cien mil —repitió Liam.
—¿Por qué no vas y asaltas un banco?
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina