—Si las cosas terminan así entre nosotros, ¿cómo se supone que nos vamos a ver en el edificio?
Ireneo la miraba fijamente, esperando a que continuara.
Pero, para su sorpresa, Luciana se lo tomó con mucha filosofía:
—Somos adultos, hay que vivir el momento. Además, nos vamos a topar a cada rato, ¿para qué terminar a las malas?
»Mientras yo no me case, siempre habrá un lugar para ti a mi lado.
Mientras hablaba, Luciana tomó la mano de él y le puso una mandarina en la palma.
Incluso le aconsejó con generosidad:
—Para que se te baje el coraje.
*Clanc*. Ireneo arrojó la mandarina sobre la mesita de centro y espetó con furia:
—Las mandarinas me dan agruras.
«Qué delicado», pensó Luciana. Su mirada recorrió la mesita y volvió a ofrecer:
—¿Entonces te pelo una pera?
Eso fue la gota que derramó el vaso para Ireneo.
La fulminó con la mirada, tomó su saco del respaldo del sofá y salió dando un portazo.
Antes de irse, le lanzó una amenaza a Rubén:
—Quiero vacaciones. Me voy a tomar todos los días que me has debido estos años.
«Ahí tienes a la familia de tu esposa, tratándome como basura».
«¡Me vio la cara de idiota!».
«¡Muérete trabajando, maldito explotador!».
Rubén vio cómo se alejaba furioso y sintió que el mundo se le venía encima. Luego, posó la vista sobre Beatriz con un dejo de resentimiento.
La cena, obviamente, se arruinó.
Con todo el drama, Luciana habría querido quedarse a disfrutar de la sazón de Valeria, pero la mirada que le echaba Rubén le hizo sentir que no saldría viva de ahí.
Así que, sin pensarlo dos veces, agarró a Liam y se fue de volada.
¿Y por qué se llevó a Liam? Porque era el compañero de batalla perfecto para la comida. No era nada quisquilloso, comía bien y no desperdiciaba nada. Para alguien como ella, que quería probar de todo pero odiaba el desperdicio, era el cómplice ideal.
Y por otro lado, igual de angustiado que ella, estaba Rubén.
Miraba la solicitud de vacaciones de Ireneo en la pantalla de la computadora, sintiendo que la cabeza le iba a estallar.
Abrió un cajón para sacar un cigarro, pero recordó que su esposa estaba embarazada y no debía fumar, así que lo volvió a cerrar.
Sin embargo, ver esa solicitud lo tenía de los nervios.
¿Vacaciones hasta mayo? ¡Justo para la fecha de parto de Beatriz!
En la recta final del embarazo, ella necesitaría a alguien a su lado todo el tiempo. ¿Cómo iba a tener él tiempo para ir a la oficina?
Beatriz subió con un vaso de agua helada, se lo puso al lado y le dijo con voz suave:
—Toma un poco de agua, para que te calmes.
Rubén la miró y suspiró.
—¿Puedes ir a hablar con Luciana?
—¿Hablar de qué? —preguntó Beatriz, a la defensiva al instante—. ¿Para convencerla de que siga con Ireneo?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina