Luciana dejó el vaso a un lado en la isla de la cocina. Con las uñas pintadas de un color discreto, deslizó los dedos por debajo de la camisa de él, rodeó su cintura en silencio y se detuvo en la hebilla del cinturón.
*Clonc*.
El cinturón cayó al suelo.
Los hombres eran así.
No había enojo que no se quitara en la cama.
Dar explicaciones y más explicaciones era un desperdicio de saliva. Mejor que canalizara toda esa furia en algo productivo, y de paso, ella también podía disfrutar un poco.
*Vzzz, vzzz*.
*Vzzz, vzzz*.
Justo cuando una gota de sudor caía sobre el rostro de Luciana, el celular en el buró comenzó a vibrar. Ella lo empujó suavemente.
—¿No es tu teléfono el que está sonando?
—¡No importa!
—¿Y si es del trabajo?
—¡Menos importa!
¿Qué cosa buena podría querer Rubén, ese explotador? Seguramente solo llamaba para que dejara de hacer dramas y volviera a trabajar para él. ¡Ni soñarlo! ¡Hasta las bestias de carga necesitan un respiro!
***
—Señor Tamez, el señor Urbina no contesta el teléfono.
ȃl siempre ha sido el contacto directo con Grupo Vanguardia.
En el último piso de Capital Futuro, Alberto sostenía su celular y miraba a Rubén con expresión de apuro.
¡Por todos los cielos! ¿Quién diría que el siempre profesional Ireneo también se tomaría un día libre sin avisar? Y si se lo iba a tomar, ¡al menos que hubiera delegado sus pendientes! Desapareció así como así, y ahora el director de Grupo Vanguardia y su equipo esperaban en la sala de juntas para discutir la propuesta final. Si la negociación salía bien, era una ganancia; si no, una pérdida.
Rubén la miró, pálido del susto.
—¿No sabes que no puedes tomar cosas frías?
—¡Tú me hiciste enojar! —replicó Beatriz, furiosa.
—¿Cómo que te hice enojar? Solo estábamos discutiendo el asunto de Ireneo y Luciana. ¿En qué momento te hice enojar?
—No me importa —dijo Beatriz, sin querer entrar en razones—. No te metas en lo de Luciana e Ireneo, y yo tampoco lo haré. ¡Que hagan lo que se les dé la gana!
—¡Ireneo está a punto de renunciar! ¿De verdad quieres que no me meta y lo deje ir?
—¡Si él no lo hace, hazlo tú!
—¿Que lo haga yo? Ya estás en la recta final de tu embarazo, en dos meses vas a dar a luz. Si me voy a la oficina a matarme trabajando, ¿quién te va a cuidar en casa?
—¡Tampoco me importa! ¡Pero que ni se te ocurra pedirme que convenza a Luciana de sacrificarse!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina