Beatriz empezó a sentir una vaga inquietud y le pidió a Valeria que le trajera el monitor fetal.
Lo midió varias veces, y la frecuencia siempre rondaba los 180 latidos por minuto.
Aunque no se preocupaba en exceso, había prestado atención a lo que el médico decía en cada revisión. Al darse cuenta de que algo no iba bien, le pidió a Valeria con calma que preparara el carro para ir al hospital. Para no perder tiempo, llamó a Rubén desde el camino.
***
Esa tarde, Rubén estaba en una reunión con los altos directivos.
Normalmente, esa junta, que se celebraba una vez al mes, no era corta.
Había muchos informes que presentar y órdenes que dar.
Pero esta vez, algo inesperado ocurrió.
La llamada de Beatriz entró de repente.
Por lo general, si no era algo urgente, Beatriz le enviaba un WhatsApp. Rara vez lo llamaba al trabajo, sabiendo que estaba ocupado.
Pero ese día no hubo mensaje, solo una llamada.
Por un instante, el señor Tamez sintió un nudo en el estómago.
Levantó la mano para indicar al directivo que estaba presentando que se detuviera y salió de la sala de juntas con el teléfono.
Cuando Beatriz le dijo que la frecuencia cardíaca del bebé estaba demasiado alta, no pudo quedarse quieto ni un segundo más.
Sin siquiera tomar el saco que había dejado en la silla, corrió escaleras abajo y le ordenó al chofer que fuera directamente al hospital.
Dejó a toda la sala de juntas esperando, sin entender qué pasaba.
Después de unos diez minutos sin que volviera, todos miraron a Alberto.
—Alberto, ¿cuándo regresa el señor Tamez?
—Voy a ver —dijo Alberto, dejando sus documentos y levantándose.
Abrió la puerta y buscó por los alrededores, pero no lo vio.
Extrañado, sacó su teléfono para llamarlo.
—Alberto, ¿buscas al señor Tamez?
—Sí.
—Parece que tenía una emergencia. Acaba de bajar corriendo como alma que lleva el diablo.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina