Cuando Edgar llegó a toda prisa a la delegación, Luciana, que estaba sentada en una silla, sintió que se le erizaba hasta el último vello del cuerpo.
Tras décadas de carrera militar, la imponente presencia de Edgar emanaba de él de forma natural, ejerciendo una presión palpable sobre todos los presentes.
La escena parecía la de un lobo alfa inspeccionando su territorio.
Los demás, intimidados, bajaron la cabeza sin atreverse a decir una palabra.
El jefe de la delegación se acercó a Edgar con una actitud servil.
—Comandante.
La fría mirada de Edgar se desvió de Luciana hacia el hombre, esbozando una sonrisa cortés y oficial.
—Gracias por sus atenciones. Yo me encargaré de esto. Quizá necesite usar su oficina un momento.
—¡Por supuesto, por supuesto! —asintió el hombre repetidamente, deseando desaparecer de ahí a la velocidad de la luz.
Que alguien viniera a hacerse cargo de ese desastre era motivo de celebración. No solo le prestaría su oficina, ¡le prestaría su casa si fuera necesario!
—¿Ya tienen el video de vigilancia?
—Sí, ya lo tenemos —respondió, tomando una tableta de su escritorio y entregándosela a Edgar para que viera la grabación.
El incidente no había durado mucho, apenas seis minutos.
Después de ver el video, Edgar levantó la vista y miró a Ireneo, que estaba de pie a un lado. Fue una mirada penetrante, como la de un halcón, afilada como una navaja capaz de cortar cualquier cosa.
Edgar le devolvió la tableta.
—Gracias por las molestias.
Como si hubiera recibido una señal, el jefe de la delegación repitió varias veces que no era ninguna molestia y salió de la oficina, cerrando la puerta con diligencia.
En el instante en que la puerta se cerró, el silencio fue absoluto. El aire, ya de por sí denso, pareció comprimirse desde todas direcciones, volviéndose casi irrespirable.

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