Cuando la ambulancia llevó a Ireneo al hospital, estaba cubierto de sangre.
Los médicos de la sala de urgencias entraban y salían, atendiendo sus heridas. Al desabrocharle la camisa, descubrieron múltiples marcas de patadas y un cuerpo lleno de moretones.
El médico que lo atendía se quedó boquiabierto. Últimamente, la noticia de un joven millonario de Solsepia que había maltratado a una mujer se había vuelto viral en internet, y la escena era inquietantemente similar.
Una joven enfermera, al ver el estado de Ireneo y recordar a la víctima de aquel caso, le susurró al médico jefe:
—Doctor, ¿deberíamos llamar a la policía?
El jefe la fulminó con la mirada.
—Recibimos la orden de estar preparados antes de que llegara. ¿Crees que es una persona común y corriente? Deja de meterte en lo que no te importa.
La enfermera se quedó perpleja, y antes de que pudiera reaccionar, la jefa de enfermeras se la llevó de allí.
***
Ese día había sido un torbellino de emociones.
Rubén llegó corriendo a la puerta de la habitación del hospital, donde encontró a Alberto hablando por teléfono. Al verlo, Alberto colgó rápidamente y se acercó.
—Señor Tamez, el señor Urbina…
—¿Cuál es su estado?
—El médico dice que…
Rubén lo interrumpió con un gesto y fue directo al grano:
—¿Quedó lisiado?
Alberto se quedó helado un instante.
—No.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina