—Oiga... ¿acaso contrataron a alguien joven en su oficina? ¿De la generación Z?
De otro modo, no entendía cómo conocía esas frases.
—¿Ahora también te metes en mi oficina? ¿Qué pasa? ¿Quieres que te deje mi puesto?
—¡No me atrevería!
—¿Que no te atreverías? Te atreves a tener amigos con derechos por ahí, ¿y me dices que no te atreverías a esto?
—¡Fue porque el trabajo no me iba bien y necesitaba un poco de emoción! Los que nos dedicamos a la investigación a veces nos estancamos. Solo quería un chute de dopamina para abrir mi mente y no quedarme limitada. ¡En el fondo, lo hacía por mi futuro profesional!
—¡Puras excusas y pretextos!
—Papá, de verdad, créeme...
Cuanto más hablaba, más se enfadaba Edgar. Entrecerró sus ojos profundos y la fulminó con la mirada.
—¡Y todavía te atreves a replicar!
Luciana se desinfló al instante.
Se quedó arrodillada sobre los cojines, cabizbaja, y se giró para darle la espalda.
Al verla así, Edgar se enfureció aún más.
«¿Qué se cree que está haciendo? ¡Le ordeno que se arrodille y me desafía!».
—¡La próxima vez, antes de dormirte, péinate esos pelos de loca que tienes en la nuca! ¡Y no me obligues a instalar cámaras en la capilla!
Luciana se quedó de piedra.
«¡Mierda! ¡No completé bien la actuación! ¡Agh, qué fastidio! ¿Alguien puede venir a rescatarme?», pensó, desesperada.
***
En la sala, Berta y la abuela, con el ceño fruncido, aguzaban el oído para captar cualquier ruido proveniente de la capilla. Ninguna de las dos se atrevía a hablar.
De repente, las luces de un carro iluminaron el patio. Berta se levantó y se acercó a la ventana.
—¿Quién podrá ser a estas horas?
Apartó ligeramente la cortina y vio a Beatriz bajar del carro, sujetándose el vientre con una mano y agarrándose de la puerta con la otra.
—Es Bea.

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