En la habitación, después de ducharse, Beatriz estaba recostada en la cama con los pies sumergidos en un recipiente con agua caliente. Rubén estaba arrodillado frente a ella, aplicándole compresas calientes en las pantorrillas.
Al ver que ella lo observaba en silencio, sin decir una palabra, se sintió un poco inseguro.
—No quieres que me meta en el asunto de Ireneo y Luciana, así que no lo haré —dijo, a modo de prueba.
—Ajá.
Al notar su desánimo, Rubén no pudo evitar preocuparse.
—¿Cómo está Luciana?
—La tienen castigada.
Rubén detuvo por un instante el masaje en sus piernas.
—Ireneo también está fuera de juego, así que por ahora no puede hacer nada. ¿No intentaste convencer a tu tío de que la dejara salir?
—Lo intenté, pero fue inútil.
—No te angusties demasiado. Ambos son adultos y en los asuntos del corazón no se puede forzar nada. Si de verdad están destinados a estar juntos, nadie podrá separarlos. Lo mejor es dejar que lo resuelvan ellos mismos.
—Ajá —respondió ella, sin mostrar mayor interés.
Cuando terminó de remojar los pies, tomó un frasco de aceite esencial para masajearse las piernas, pero Rubén se lo quitó de las manos.
—Yo lo hago. Mañana tienes cita para la revisión. Descansa temprano.
—¿Cómo conociste a mi tío?
El cambio de tema fue tan abrupto que Rubén tardó un segundo en reaccionar.
—¿Por qué preguntas eso de repente?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina