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Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina romance Capítulo 945

O podía estar en sus brazos, sentado en una silla, discutiendo proyectos de la empresa con ellos.

Su nivel de profesionalismo era asombroso, y su habilidad para hacer dos cosas a la vez, digna de admiración.

La primera vez que la nueva secretaria presenció esa escena, se quedó tan impactada que tardó en reaccionar. Al día siguiente, en la cafetería de la empresa, se encontró con Alberto y por fin pudo expresar su asombro.

—Dime, ¿cómo puede existir un hombre tan perfecto como el señor Tamez?

Luego, le preguntó directamente:

—Tú, como hombre, ¿podrías hacer eso?

Alberto, que ya era padre, negó con la cabeza sin pensarlo dos veces.

Cuando su esposa dio a luz, su suegra y la nana se encargaron de todo lo relacionado con el bebé. Por la noche, al llegar a casa después de un largo día de trabajo, el llanto del niño le hacía sentir que la cabeza le iba a estallar. Lo máximo que aguantaba consolándolo eran treinta minutos.

Pero el señor Tamez era diferente.

Podía pasar tres o cuatro horas con la niña en brazos.

Las comparaciones son odiosas, pero en momentos así, era imposible no hacerlas.

En muy poco tiempo, «papá multimillonario» se convirtió en la nueva etiqueta del señor Tamez.

Cuando la pequeña cumplió dos meses y medio, gracias a los cuidados de su padre, la situación había evolucionado a un punto en que, al anochecer, solo quería estar con él y con nadie más.

Pero era imposible para él llegar a casa puntualmente todos los días. Aunque saliera de la oficina a tiempo, si se encontraba con tráfico, todo se complicaba.

Ese día, llovió y el cielo se oscureció más temprano.

Beatriz estaba en la planta baja, en su sesión de rehabilitación posparto.

La nana entró con la niña en brazos y una expresión de disculpa en el rostro.

Con solo escucharla decir «señora», Beatriz supo lo que pasaba.

Le pidió a la fisioterapeuta que se retirara y tomó a la niña de los brazos de la nana.

Mientras la mecía, miró el cielo oscuro.

Con un dejo de fastidio, le regañó a la pequeña:

—¿Te sincronizas con el clima o qué?

La niña, al escucharla, rompió a llorar con más fuerza…

Hasta las siete y media, cuando la noche ya había caído por completo, Rubén aún no llegaba.

A Beatriz, el llanto de la niña le estaba volviendo loca. Pero, al mismo tiempo, le partía el corazón verla sufrir, así que no tuvo más remedio que llamar al señor Tamez.

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