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Casada con el tío de mi ex: La nueva Sra. Romero romance Capítulo 8

Nuevo hogarCasada con el tío de mi ex: La nueva Sra. Romero ya está en NarraverseSigue leyendo en nuestro nuevo sitio: un lector más limpio, páginas más rápidas y los capítulos más recientes.Leer en Narraverse

Santiago no volvió a casa en toda la noche.

Micaela llegó agotada y cayó rendida en la cama.

En sus sueños, volvió a tener catorce años.

Estaba agachada en el pequeño estudio que había improvisado en el balcón, cuidando el cuadro que iba a enviar a una competencia, llena de ilusión.

Su hermanastra, Isabel Mendoza, abrió la puerta de una patada y pisoteó la pintura hasta hacerla trizas.

—¿Una bastarda como tú cree que puede pintar? ¿Crees que puedes competir contra mí?

Su tono era arrogante y lleno de veneno.

Con un manotazo, Isabel tiró los pinceles y las pinturas de Micaela al suelo, dejando un desastre.

—¡Zorra, eres igual de arrastrada que tu madre! ¡Naciste para ser la alfombra que yo piso!

—¡No te atrevas a insultar a mi madre!

Micaela se le echó encima, agarrándola del cabello con rabia y arañándole la cara.

Mientras forcejeaban, su madrastra, Deborah Campos, entró furiosa y, sin preguntar, le cruzó la cara a Micaela de una bofetada.

—¡Maldita malagradecida, cómo te atreves a tocar a Isabel! ¡Arrodíllate ahora mismo y pide perdón!

Micaela tenía sangre en el labio, pero levantó el mentón con rebeldía.

—¡Yo no hice nada malo!

Deborah la arrastró del brazo, la arrojó a un cuarto oscuro y le puso llave a la puerta.

—¡Te quedarás ahí encerrada sin comer hasta que aprendas tu lugar!

Micaela se hizo un ovillo en el piso, con el estómago retorciéndose de hambre y la cara empapada en lágrimas.

De pronto, el recuerdo cambió.

Un Santiago de quince años apareció. Era joven, pero su actitud ya era imponente y altiva.

Entró a la casa de los Mendoza con rostro sombrío y exigió respuestas.

—Micaela lleva tres días sin ir a la escuela. ¿Dónde está?

Temiendo el poder de la familia Salazar, Deborah palideció y no tuvo más opción que ordenar a los sirvientes que la sacaran, permitiéndole volver a clases.

Micaela salió de su encierro, despeinada, pálida y con la marca de la bofetada aún visible en la mejilla.

Santiago frunció el ceño al ver su herida. Sin hacer preguntas, la tomó de la mano y se la llevó de allí.

Al abrir la puerta, los rayos del sol los bañaron, alejando toda la oscuridad que la asfixiaba.

Capítulo 8 1

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