Santiago no volvió a casa en toda la noche.
Micaela llegó agotada y cayó rendida en la cama.
En sus sueños, volvió a tener catorce años.
Estaba agachada en el pequeño estudio que había improvisado en el balcón, cuidando el cuadro que iba a enviar a una competencia, llena de ilusión.
Su hermanastra, Isabel Mendoza, abrió la puerta de una patada y pisoteó la pintura hasta hacerla trizas.
—¿Una bastarda como tú cree que puede pintar? ¿Crees que puedes competir contra mí?
Su tono era arrogante y lleno de veneno.
Con un manotazo, Isabel tiró los pinceles y las pinturas de Micaela al suelo, dejando un desastre.
—¡Zorra, eres igual de arrastrada que tu madre! ¡Naciste para ser la alfombra que yo piso!
—¡No te atrevas a insultar a mi madre!
Micaela se le echó encima, agarrándola del cabello con rabia y arañándole la cara.
Mientras forcejeaban, su madrastra, Deborah Campos, entró furiosa y, sin preguntar, le cruzó la cara a Micaela de una bofetada.
—¡Maldita malagradecida, cómo te atreves a tocar a Isabel! ¡Arrodíllate ahora mismo y pide perdón!
Micaela tenía sangre en el labio, pero levantó el mentón con rebeldía.
—¡Yo no hice nada malo!
Deborah la arrastró del brazo, la arrojó a un cuarto oscuro y le puso llave a la puerta.
—¡Te quedarás ahí encerrada sin comer hasta que aprendas tu lugar!
Micaela se hizo un ovillo en el piso, con el estómago retorciéndose de hambre y la cara empapada en lágrimas.
De pronto, el recuerdo cambió.
Un Santiago de quince años apareció. Era joven, pero su actitud ya era imponente y altiva.
Entró a la casa de los Mendoza con rostro sombrío y exigió respuestas.
—Micaela lleva tres días sin ir a la escuela. ¿Dónde está?
Temiendo el poder de la familia Salazar, Deborah palideció y no tuvo más opción que ordenar a los sirvientes que la sacaran, permitiéndole volver a clases.
Micaela salió de su encierro, despeinada, pálida y con la marca de la bofetada aún visible en la mejilla.
Santiago frunció el ceño al ver su herida. Sin hacer preguntas, la tomó de la mano y se la llevó de allí.
Al abrir la puerta, los rayos del sol los bañaron, alejando toda la oscuridad que la asfixiaba.

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