El pasillo del tercer piso era silencioso y lujoso. Micaela, luciendo un elegante vestido de tono claro, esperaba la llegada del hombre.
Tal como lo pensó, al poco tiempo, una figura alta y de pasos firmes salió del elevador.
Tenía los hombros anchos y una postura que imponía respeto sin necesidad de decir una palabra.
Era él. El mismo hombre que había atrapado en el aire a su pequeño Leo.
Alguien como él era imposible de olvidar.
Incluso en medio del caos y el terror de aquella noche, el rostro de su salvador se le había quedado grabado a fuego en la memoria.
Por eso, al verlo desde la ventana, lo reconoció de inmediato.
Resultaba que el guardaespaldas personal que Rocío le había conseguido era él.
Definitivamente, su mejor amiga era un genio.
Era el candidato perfecto: alguien con esos reflejos sin duda mantendría a Leo a salvo.
Con el corazón acelerado, Micaela se acercó justo cuando él salió del elevador y le dedicó una cálida sonrisa.
—Señor, qué casualidad, nos volvemos a encontrar.
Al tenerlo de frente, no pudo evitar admirar sus facciones.
Su rostro era tan atractivo como intimidante. Tenía ojos tan oscuros que parecían un abismo, y una mandíbula definida que gritaba autoridad.
Emanaba una elegancia ruda, aunque su expresión era demasiado fría.
Pero eso le gustaba. Un guardaespaldas debía ser así: serio e implacable. Eso le daba mucha más seguridad.
—Señor, de verdad que es una gran coincidencia. No tenía idea de que usted era el guardaespaldas que iba a contratar. Definitivamente el destino nos reunió.
Austin detuvo sus pasos y bajó la mirada hacia la mano que ella le ofrecía.
Él sabía perfectamente que la mujer lo estaba confundiendo con un empleado.
Con la tensión comercial entre su consorcio y la corporación de Santiago, él no era ajeno a las ambiciones que su rival tenía por aplastarlo.
Y por la investigación de su asistente, sabía perfectamente que Micaela era la esposa de Santiago.


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