—Meli, ¿es que ya te caemos mal?
—No es eso, abuela Luisa. Los quiero mucho a todos, pero me voy del país.
—¿Y por qué te vas así de repente? Oí que tu esposo es Brando, el presidente del Grupo Ortega. Si al grupo le va tan bien, ¿por qué te vas de repente, niña?
Melibea nunca le había dicho a nadie que su esposo era Brando, pero Luisa tenía muy buenas fuentes. Después de todo, era la antigua líder de la principal organización de inteligencia.
—Pronto dejará de ser mi esposo.
La mirada de Melibea se ensombreció, pero se esforzó por esbozar una sonrisa.
—Meli, ¿ese tal Brando te hizo algo, eh? ¡Vamos a ajustarle las cuentas!
Evaristo, furioso, se dispuso a marcharse, pero Melibea lo detuvo.
—Abuelo Evaristo, no se enoje. De verdad, ya no me importa. No es necesario que vaya a buscarlo.
—Meli, ¿acaso crees que este grupo de viejos solitarios de asilo no puede defenderte? Entre todos nosotros, todavía tenemos fuerza para darle una lección a ese tipo.
—Abuelo Evaristo, no es eso. Simplemente siento que no vale la pena seguir enredada con él. Solo quiero llevarme a mi hijo y marcharme de la ciudad Encantia.
—Entiendo, Meli. Pero si necesitas ayuda con algo, no dudes en decírnoslo, ¿entendido?
—Abuelos, sé que todos me aprecian mucho, gracias, de verdad. Yo me encargaré de mis asuntos, no se preocupen. Ya me voy.
Melibea recogió su maletín médico, se despidió de todos los ancianos del asilo y se fue.
Evaristo estaba sumamente enojado. Sacó su teléfono.
—Cancela la colaboración con el Grupo Ortega.
El acuerdo con el Grupo Ortega lo había hecho solo por Meli. Ahora que ese desgraciado se atrevía a lastimarla, ¡que se olvidara de cualquier colaboración!

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