—El que se apura, se tropieza.
Cecilia consoló a Carmen.
Ignacio ya ni le hacía caso a su propia madre.
Si le prestaba atención, ella se pondría más intensa.
Macarena sí sabía cómo ganarse a la gente mayor: —Señora, su hijo es muy guapo, seguro que después le trae a una nuera encantadora.
—Guapo sí es, pero lamentablemente no tiene labia, no sabrá cómo ganarse a la suegra.
Ese era el mayor temor de Carmen.
—A veces los que tienen mucha labia caen mal por mujeriegos, y eso tampoco le gusta a las suegras —la consoló Macarena mientras comía a bocaditos.
Cuando ya casi terminaban de comer, Carmen tomó las manos de Cecilia.
—Ceci, no te imaginas, menos mal que me salvaste. ¡Me moría del dolor, me dolió más que el parto de mi hijo!
Ignacio se quedó sin palabras. «Mamá, antes no decías eso.
Habías dicho que dar a luz había sido el dolor más grande de toda tu vida».
Cecilia entendía cómo se sentía Carmen.
Porque un cálculo renal dolía horrores.
Mucha gente podía llegar al punto de lastimarse a sí misma por la desesperación en un momento así.
Se notaba a leguas que Carmen había llevado una vida de comodidades, así que era normal que fuera un poco delicada y no soportara ese nivel de agonía.
—Señora, cualquiera en esa situación habría intentado ayudar dentro de sus posibilidades.
—No tiene que agradecérmelo tanto.
Pero la mamá de Ignacio no pensaba igual.
—Hoy en día la gente es muy fría, no cualquiera se hubiera acercado al verme así.
—Lo más seguro es que se hubieran alejado para no meterse en problemas. Aunque seas estudiante de medicina, al no tener licencia, muchos se habrían puesto a criticarte.
—Por eso, el que me hayas tendido la mano sin dudarlo es algo invaluable.
Carmen no era ninguna ingenua que desconociera cómo funcionaba el mundo.
Precisamente porque conocía el ambiente actual, tampoco culpaba a los demás por no querer meterse a ayudar.
Pero si alguien le echaba la mano, su gratitud era el doble.
—Les preparé estos regalitos, espero que a las tres les gusten.


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