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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1443

—Le sugiero hacerle otra sesión de acupuntura. Como tratamiento complementario, los resultados son excelentes —propuso Cecilia.

Al escuchar esto, Patricio obviamente no se negó, pero preguntó con curiosidad:

—¿Si me hace acupuntura, podré tomar menos de esos remedios amargos?

Cecilia contuvo una sonrisa a duras penas.

—Creo que sí, es posible.

Adolfo y Leticia no se molestaron en disimular su diversión; conocían perfectamente las mañas del señor Pineda.

—La acupuntura relaja mucho y puede darle sueño rápido. Sería ideal que primero se dé un baño para que después pueda irse directo a dormir.

Leticia y Adolfo estuvieron totalmente de acuerdo con la sugerencia de la joven.

No obstante, Patricio dudó un momento.

—Aún tengo algo de trabajo pendiente. Prefiero terminar eso primero. No me tomará más de media hora, ¿les parece bien?

—No se preocupe, tómese su tiempo. No tengo prisa —respondió Cecilia.

Decidió acompañar a Leticia a dar un paseo fuera, para no interrumpir el trabajo de Patricio en casa.

Leticia intentó invitar también a Adolfo, pero él se negó.

—Mamá, vayan ustedes dos. Yo también tengo correos que responder.

Leticia le lanzó una mirada de reproche.

—Hijo, el trabajo siempre puede esperar. ¿Por qué eres igualito a tu padre? A este paso, ¿cuándo vas a encontrar novia?

Adolfo soltó una carcajada para desviar el tema.

—Mamá, no te preocupes por eso. Con lo bien parecidos que son mi padre y tú, ¿crees de verdad que me va a faltar novia?

Leticia le dio un ligero golpe en el brazo.

Cecilia saludó sin rastro de timidez.

—¡Ay, qué preciosidad! ¿Cuántos años tienes, Ceci?

A doña Clara le brillaban los ojos. Como muchas señoras de su edad, le encantaba buscarle pareja a los jóvenes solteros. Tenía un hijo en el ejército, un lugar que era prácticamente un nido de solteros empedernidos. Si lograba conseguirle una nuera tan bonita, seguro que su hijo empezaría a visitar la casa más seguido.

—Tengo diecinueve —respondió Cecilia con voz suave.

Al oír la edad, doña Clara se sintió un poco decepcionada. Su hijo ya tenía veintisiete, era todo un solterón. Pero luego pensó: ¡Un momento! Son solo ocho años de diferencia. Los hombres mayores saben consentir mejor a sus esposas.

¡Esa fue la misma frase con la que la convencieron para casarse con su marido hace tantos años!

Bueno, su esposo nunca fue el más detallista, pero definitivamente sí se había hecho viejo. Estaba a punto de jubilarse y su hijo seguía soltero; no quería que se le pasara el tren.

—Ay, diecinueve, ¡seguro sigues en la universidad! ¿En dónde estudias?

Aunque doña Clara ya estaba tramando cómo robarse a la chica para su hijo, sabía que no podía soltar la propuesta tan de golpe.

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