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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1438

¿Tratando de no ofender a nadie, eh?

Al ver que no conseguía el apoyo de nadie, Leandro prefirió quedarse callado.

Adolfo también continuó con su comida.

Pero por más que intentara negarlo, el hecho de que Sofía estuviera enamorada de él era innegable.

Especialmente porque, a partir de ese momento, fue la propia Sofía quien se encargó de llevar cada uno de los platillos hasta el reservado.

Incluso se inventaba excusas para quedarse un rato más dentro de la habitación.

Adolfo dejó escapar un suspiro. Jamás imaginó que Sofía pudiera ser tan insistente.

Si al menos ella se le declarara de frente, le sería mucho más fácil rechazarla sin rodeos.

Pero el problema era que Sofía no daba el paso definitivo.

Al final, cuando Adolfo pidió la cuenta, la chica le aplicó un generoso descuento y se quedó balbuceando su nombre con nerviosismo, incapaz de decir lo que realmente pensaba.

—Sofía, ¿hay algo que quieras decirme?

Adolfo solo quería cortar el problema de raíz de una vez por todas.

Si Sofía por fin se atrevía a hablar, él podría darle una respuesta definitiva y cerrar el tema.

Pero al verla titubear, balbuceando sin llegar al punto, la poca paciencia que le quedaba a Adolfo empezó a esfumarse.

—Adolfo... ¿tienes novia? De esas dos chicas que vinieron contigo, ¿alguna de ellas es tu pareja?

Después de tanto dudar, eso fue lo único que Sofía logró pronunciar.

Adolfo se sintió bastante exasperado.

Soltó una carcajada amarga: —Ninguna de las dos.

Al escuchar esto, Sofía pareció quitarse un peso de encima, pero justo cuando iba a añadir algo más, Adolfo la interrumpió: —Mi novia está estudiando en el extranjero.

¿Qué?

Sofía se quedó helada. Justo cuando pensaba que veía la luz al final del túnel, la arrastraron de vuelta a las sombras.

—¿De verdad tienes novia? —Sofía, al fin y al cabo, seguía siendo muy joven y no sabía cómo ocultar sus emociones.

Apenas terminó de hacer la pregunta, sus ojos se llenaron de lágrimas que amenazaban con derramarse.

Desde un rincón, Cecilia no pudo evitar sentir un poco de lástima por ella. Desafortunadamente, Adolfo no parecía ser el tipo de hombre que entendiera de delicadezas ni mucho menos que sintiera piedad por el llanto de una mujer.

Era lógico. En su exclusivo círculo social, él era considerado el soltero más codiciado, y sabe Dios cuántas mujeres darían lo que fuera por casarse con él.

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