—¡Ya me acordé de quiénes son!
Macarena soltó un grito de sorpresa.
Cecilia dio un respingo por el susto y se alejó unos pasos de ella.
—¡Son la familia Ortega! ¡Mi abuelo los menciona a cada rato! Siempre dice: «Los nietos de los Ortega, esos sí son ejemplares. ¡Los de mi casa puros holgazanes y desobligados!».
El único que tenía una relación cercana con los Ortega era Don Edgar González en persona.
Y si acaso, el padre y el tío de Macarena. Los demás integrantes de la familia no tenían contacto con ellos.
Obviamente, las esposas de ambos también habían tenido algún trato, pero como Macarena pertenecía a otra generación, su interacción con la familia Ortega era casi nula.
Al final de cuentas, la familia Ortega siempre mantenía un perfil muy bajo y casi no organizaba fiestas.
Especialmente aquellas celebraciones masivas a las que asistiera toda su parentela.
Desde que Macarena tenía memoria, solo había ido a un evento organizado por ellos.
Y se rumoraba que como los tres primos Ortega robaban mucha atención, optaron por ser más discretos y casi nunca asistían a reuniones de otras familias.
De hecho, para el cumpleaños de su propio abuelo, el único que acudió en representación de la familia Ortega fue el señor mayor.
O como mucho, lo acompañaba alguno de sus hijos.
Pero en cuanto a sus nietos...
Macarena se dio un manotazo en la frente. —¡Ya decía yo! Se me hacía que conocía a Enzo de algún lado. Hace tiempo acompañó a Don Esteban de visita a nuestra casa.
—Qué lenta eres para agarrar el hilo —suspiró Cecilia, quedándose sin palabras.
—¡Oye! Es que en ese momento no se me prendió el foco.
¡Nadie en su sano juicio sospecharía que el heredero multimillonario que conoció fuera el familiar de su compañera de cuarto!
—Hace tiempo escuché el rumor de que en la familia Ortega no había nietas, y tú me dijiste que Enzo era tu primo. Así que... ¿qué parentesco exacto tienes con ellos?
Por más vueltas que Macarena le daba al asunto, no lograba comprender la relación y, cuanto menos entendía, más le picaba la curiosidad.
—Pues resulta que ese abuelo Esteban del que me hablas... es mi abuelo materno.
Macarena se quedó con la boca abierta de par en par, perdiendo toda compostura.
—¿Tu abuelo?

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