Al ver a Cecilia, los ojos se le iluminaron.
—Valentina —saludó Cecilia mientras le pedía a un mesero que le sirviera un vaso de agua.
Además, le había traído un pastelito.
—Deberías probar este pastelito, aunque sea un poco.
Valentina estaba en plena rehabilitación, así que no tenía que asistir a eventos ni grabar escenas.
Comer un poco de betún no le haría ningún daño.
Valentina se moría de ganas por probarlo. Ahora que nadie la vigilaba, ¿qué tenía de malo darse un gusto?
¿A poco hay alguna chava a la que no le encanten los postres?
Antes creía que a ella no le gustaban. Al fin y al cabo, nunca había podido comer de esos pasteles bonitos de las vitrinas en su cumpleaños.
Pero si su hermano lo pedía haciendo berrinche en su día, era seguro que sus papás se lo comprarían.
Y aunque lo compraran, su hermano se lo comía todo solo, Valentina nunca alcanzaba ni una rebanada.
Si se atrevía a mirarlo mucho rato, la regañaban.
Le decían que le quería robar la comida a su hermano.
Que por antojada se iba a quedar solterona cuando creciera.
Hasta la insultaban llamándola muerta de hambre.
Todas esas palabras horribles pasaron por su mente, pero al final logró sacudírselas.
Fue cuando empezó a trabajar con Tatiana que descubrió que las mujeres también podían disfrutar de la buena comida.
Solía recompensarse con una rebanada pequeña de pastel después de terminar cada grabación.
También le daba miedo engordar y quedarse sin trabajo por subir unos kilos.
Después de probar lo que era ganar su propio dinero, vivía con el miedo constante a perder su empleo.
No soportaba la idea de no generar ingresos.
Por eso, en cualquier producción donde Valentina hubiera trabajado, todo el equipo coincidía en que era una verdadera profesional.
—Este de té verde se ve muy... —Valentina se metió una cucharada a la boca.
Sin poder terminar la frase, lo escupió.
—¡Cof, cof! ¿Esto es wasabi?


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