Cecilia estaba a punto de responder el mensaje cuando sonó el celular. Era el número desconocido que acababa de escribirle.
Contestó sin prisa:
—¿Bueno?
—¿Eres Cecilia? Soy Fabio —el tono de Fabio era más suave que antes, pero aún conservaba cierta rigidez.
—Dr. Calvo —dijo Cecilia escuetamente, a modo de saludo.
A Fabio no le importó la falta de entusiasmo de Cecilia:
—¿Viste el mensaje que te acabo de enviar? Si tienes tiempo mañana, ¿podrías venir al hospital?
Era una tarea asignada por su maestro y debía cumplirla. Fabio era obstinado. Sabía que Santiago le pedía que la invitara con la esperanza de que él abandonara sus prejuicios contra la medicina mirasiana.
—Mañana tengo cosas que hacer —rechazó Cecilia sin pensarlo.
No tenía tiempo como para andar haciendo todo lo que los demás le pedían, aunque sabía que hablar con el Dr. Acosta era una buena oportunidad.
La primera reacción de Fabio fue no creerle:
—¿Estás enojada por lo que dije antes?
Cecilia soltó una risa ligera:
—Dr. Calvo, se equivoca. Mañana tengo que regresar a la escuela para tomar clases, realmente no tengo tiempo. De lo contrario, me encantaría conocer al Dr. Acosta.
¿Regresar a la escuela?
El Dr. Calvo no esperaba que Cecilia fuera una estudiante. Aunque se veía muy joven, tenía una presencia imponente y era extremadamente madura. Como médico, solo pensó que tenía cara de niña. En la profesión médica, tener cara de joven es una desventaja, ya que los pacientes no suelen confiar en ti. ¿Quién iba a imaginar que Cecilia seguía en el colegio?
Al día siguiente, Cecilia se levantó temprano como de costumbre. Raúl la llevó personalmente a la entrada de la escuela.
—Ceci, ¿ese chico te ha vuelto a molestar? ¡Si te busca otra vez, acuérdate de llamar a tu tío!
Raúl se llevó la mano a la oreja, imitando el gesto de hablar por teléfono.
—Está bien —Cecilia se despidió de su tío con la mano.
Cecilia soltó una carcajada:
—¿Le tienes miedo a mi tío?
—Es que tu tío se ve muy formal, pero la manera en que se encendió ayer fue tan genial y a la vez aterradora —Sandra no sabía cómo describirlo—. Digamos que admiro a tu tío, pero también le tengo un poco de miedo.
Cecilia también pensaba que Raúl tenía una doble faceta, pero a ella no le daba miedo en absoluto.
—No te preocupes, no tendrás muchas oportunidades de verlo, a menos que...
Cecilia quería decir "a menos que la escuela organice una reunión de padres".
Pero Sandra la interrumpió antes de que pudiera terminar:
—¡A menos que otro idiota venga a buscar problemas porque ya no eres la hija de la familia Ortiz!
Cecilia: —... —No dejaba de tener razón.
Parecía que a Raúl le encantaba remangarse la camisa y pelear.

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